"Modestamente,
la televisión no es culpable de nada.
Es un espejo en el que nos miramos todos,
y al mirarnos nos reflejamos"
(J. de Armiñán)
El día de ayer, en un conflictivo escenario social politizado, los periodistas y camarógrafos de muchos medios de comunicación (amarrillos, rojos, verdes y azules) han sido violentados en su labor.
“Podemos sugerir que la libertad de expresión ha mutado en tanto su promesa de libertad se constituye, ahora, como realidad de ocultamiento y censura. Hoy, la libertad de expresión ha mutado hacia la libertad de empresa y más que abrirse a la pluralidad de voces que conforman y demandan una democracia, se está cerrando, cumpliendo más la función de un dispositivo de regulación de conflicto, un administrador de entradas y salidas que permite el ingreso al espacio público mediatizado solamente a aquellos que comporten el orden o que hagan preguntas, para las cuales el régimen político tenga ya respuestas de forma anticipada.
Más allá de conocer que la política esté mediatizada (en tanto el sistema comunicacional se plantea, actualmente, como eje gravitacional de la misma) es importante también dar cuenta de que los medios se han politizado. Lo cual produce una primera inflexión en el campo de la comunicación política y una segunda inflexión en el campo de la libertad de expresión. Es importante distinguir que, cuando hablamos de politización, nos estamos refiriendo a la toma de posición política en el centro del debate sobre algún determinado tema, este puede ser hacia algún grupo de poder (político o económico) que busque tener incidencia (o que ya la tenga) en el ámbito de la política.
En términos normativos el planteamiento se hace mucho más claro, si la crisis de representación política es un problema que afrontan las democracias (que no el único) y que se entiende/estudia en el campo de la comunicación política, la crisis de representación mediática no está exenta de ser discutida en este campo.
Entonces, ¿qué entendemos por crisis de representación mediática? Retornemos a la concepción que presentamos en un principio, de que toda comunicación es política y viceversa, esto no debería extrañarnos. Y, así es, el asunto está en que todo medio apunta a un fin político, no está exento de generar una opinión (a veces más, a veces menos evidente), el problema, entonces, se denota en tanto la libertad de expresión era esta promesa de pluralidad de voces múltiples, sin embargo, la sociedad de consumo, en la cuál los medios han jugado un papel importante y se desenvuelven más en este espacio económico que en el político-democrático, ha secuestrado a la libertad de expresión, encaminándola a sus beneficios y generando las dos principales aporías de dicha libertad: la primera, que si bien se la configura como un dispositivo democratizador, en su nombre se (de) generan, precisamente, espacios no democráticos; y la segunda, la libertad que pretende defender se limita al acceso a la publicidad (lo que se hace público) mediática, es decir al sistema de medios.”

Por si este post no está con excesiva "mediatitis" aún, debo, DEBO, reproducir un artículo de un buen amigo, ya que con el proceso ratificatorio quedé a medias, me quitó las palabras de la boca, al menos sobre estos actores. A ver si luego saldamos la deuda...
Medios, miedos y votos
Por: Claudio Rossell Arce
Aunque al momento de escribirse este texto todavía no se conocen los resultados del Referéndum del pasado domingo al 100 por ciento, es un hecho que la votación ha producido muchos vencedores, comenzando por el Presidente y el Vicepresidente de
Queda pendiente, aunque a algunos medios de comunicación les provoque tanto escozor que preferirán no hacerlo, una cuidadosa lectura de la geografía electoral, pues las posibles interpretaciones al resultado de la votación no se agotan en los porcentajes nacional y departamental, sino que más bien habilitan una cuidadosa interpretación a partir de observar cómo votó la ciudadanía en las provincias, pues más allá del conocido argumento de que la población rural apoya decididamente al actual gobierno (¿por qué será?), estos resultados también marcan la pauta de la gobernabilidad en las prefecturas, que algunos sueñan ver convertidas en feudos (en el sentido estricto de la palabra) cuyos castillos son custodiados por fieras uniones juveniles…
Mientras tanto, es posible hacer algunas reflexiones sobre lo que se pudo ver, leer y escuchar el día del referéndum a propósito de la votación y sus resultados.
Primero, ha quedado claro que los efectos de la propaganda tienen límites. Incluso en los escenarios más oprobiosos, como aquella ciudad en la que el disenso y la opinión crítica son castigados con el repudio público, el desempleo y la abierta amenaza terrorista, hay porcentajes importantes de gente que o no abandona sus ideas a pesar del martillo (físico o simbólico) que les amenaza o, sin decirlo en púbico, expresa su rechazo a la mentira orquestada en cuanto puede hacer efectivo su voto. Por cierto, la reflexión es válida para ambos bandos en pugna.
Esto nos lleva a una segunda reflexión: es demasiado temeraria la hipótesis de que “la gente se cansa” de ir a votar, y el índice de participación ciudadana el 10 de agosto es la prueba contundente de que la “madurez democrática” de la gente es más que un eslogan. Cabe, en todo caso, la posibilidad de suponer que quienes sí se cansan son aquellos que le tienen pavor al nuevo rostro de la democracia, que hace ya años dejó de ser “representativa” para convertirse de a poco en “participativa”. Finalmente, no debe olvidarse que el voto es una forma más de la libertad de expresión, y es difícil imaginar a una sola persona renunciando voluntariamente, por cansancio, a este derecho.
Dicho esto, resulta inevitable referirse a los canales por los cuales se difunde tanto la propaganda como la falacia del cansancio con el voto: los medios de comunicación. Si bien desde una lectura cínica es posible considerar aceptable, cuando no correcto, el que los medios (o sus operadores, más bien) tomen partido, los excesos que cometen los sitúan más cerca del ridículo que del servicio social. Por grande que sea la tentación, evitaremos citar ejemplos de lo afirmado, baste con recordar los apocalípticos titulares de más de un periódico el día del referéndum. Asimismo, las lecturas que se hicieron al calor de la sorpresa o el azoro al conocerse los resultados del “conteo rápido” muestran una perversa predilección por la confrontación (o la desintegración nacional, en algunos bien conocidos casos) antes que por la búsqueda de posibilidades de acuerdo o, cuando menos, acercamiento.
Puestas así las cosas, se puede decir que hay esfuerzos que, vistos en perspectiva, resultan excesivos en relación con sus resultados.


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