“La democracia no puede intentar entenderse
como la ausencia de conflicto.
Pensar en el orden total y permanente
es la forma más perezosa
de entender a la democracia”
Chantal Mouffee
Antes del 11-S, es decir post revocatorio, los antagónicos políticos alcanzaron a estar claramente determinados a partir de su autoidentificación política, delimitados a partir de su ubicación geográfica y empoderados a partir de la lectura que podían tener de los resultados. No había más posibilidades, el anquilosamiento del escenario político ya llevaba varios meses y este proceso sería sólo la reconfirmación del estado monolítico al que el plano simbólico y discursivo había sido llevado y eso, claro, no beneficiaba a ninguno -aunque algunos, hay que decirlo, se desesperaron más que otros-.
Entendiendo que “lo político” deviene relación, deviene indeterminación, deviene p-o-s-i-b-i-l-i-d-a-d. Tras el referéndum no nos quedaba más que asumir nuestra llegada al límite extremo del campo político, con sus prácticas simbólicas y discursivas pues, una vez que todo queda configurado/establecido, todo determinado, se agotan las posibilidades del mismo.
Luego de esta línea se avecinaba lo inevitable. El ejercicio del poder adquirido geográficamente, sacar a flote nuestras más miserables formas de afrontar nuestras diferencias, es decir, confrontándonos entre civiles, entre paisanos ¡carajo! entre bolivianos…así tuvimos que presenciar la caída de alrededor de 18 bolivianos y bolivianas para devolvernos al lugar de donde, nuestros dirigentes, con sus mezquindades, nos habían extraído: el espacio político; con la maldita certeza de saber que tanta y tan brutal violencia nunca habría sido necesaria…(*)
¿Servía de algo el diálogo/negociación? Muchos escépticos estaban seguros de que no; sin embargo, bajo esta lectura, queda claro que aún fracasando el diálogo era necesario no sólo como vía generadora de un espacio político que diera luz verde a la pacificación de las regiones orientales, sino, y sobretodo porque, al hacerlo, devolvían el debate (la confrontación) a su escenario original, del que nunca debió haber salido.
Tiempo atrás en el laboratorio de la deconstrucción se había advertido acerca de los problemas que generaba la negociación con actores departamentales sobre temas nacionales (todo esto pre-revocatorio) y se señalaba, tangencialmente, que “Su opinión (la de los prefectos) consultiva, no resolutoria, tiene cabida sólo en materias de diseño de las autonomías departamentales, y únicamente en las departamentales. Los referendos nacionales sólo se negocian con la oposición representada en el parlamento.”
Con todos esos elementos sobre el tablero queda más claro que los verdaderos resultados del diálogo nacional no se materializan en clave de acuerdos (que los hubo, y varios) sino en, básicamente:
- El cese de la violencia a través del retorno del conflicto al escenario político.
- La inclusión de veedores y facilitadores internacionales (en suma: de actores-puente) al conflicto nacional.
- La devolución del conflicto nacional a manos de los representantes nacionales competentes para su tratamiento, es decir: al Congreso.
Con el plus, además, de haberse generado, en mayor o menor cantidad, importantes acuerdos en términos de diseño autonómico con las regiones afectadas por el mismo, esto en/con: departamentos, municipios y comunidades indígenas.
Toca reconstruir alteridad política. Toca hacerlo, primero, en la institución republicana representativa: el Congreso y, luego, en la instancia democrática participativa: el referéndum.
(*) Respecto a los luctuosos y terribles hechos de Pando no hay más misterio respecto a mi posición, la crónica de mi compañero Boris la ilustra bien, es la de la mayoría de los bolivianos. Fernández a la cárcel, con el resto de los responsables y, también, los del otro lado, ahí falta, aún, por ejemplo, el alcalde Becerra y tantos otros. Y nosotros, los bolivianos, con la responsabilidad en las manos de no olvidar.


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