
Dios no existe. Si existiera, Dios, la tierra no bebería la sangre de sus hijos. Dios no existe si un padre o una madre deben enterrar a sus hijos una mañana de año nuevo entre pompa y fanfarria. Entre esperanzas que cuelgan de una cabeza cuyo cuerpo ha extraviado. Dios no existe, existe el hombre y sus manos que matan y mueren por ese Dios, que no existe. No existe Dios, en cambio existe la penumbra, el hombre y sus piernas, la responsabilidad nuestra de forjar/devastar (por acción u omisión) un sendero por el que transite algún tipo de futuro. Pero Dios, no.
El poema más viejo de Occidente cuenta la historia de los Dioses que peleaban en nombre de sus hijos mortales, en la guerra entre griegos y troyanos, el capricho de los dioses se materializaba en la venganza de los mortales y, así, ardía Troya mientras alimentaban su odio, para su regocijo. Esto es mitología.
El conflicto más ¿reciente? de Oriente cuenta las (no) historias de esos hombres que pelean en nombre de sus dioses en la guerra entre palestinos e israelitas, el capricho del hombre materializado en la venganza de sus dioses y, así, arde Gaza alimentando su odio, para regocijo de unos pocos. Esto ya no es mitología.
A veces, los de la especie, somos tan indignos de nosotros mismos, que utilizamos todos nuestros recursos/esfuerzos para aniquilar al hombre. No, así, al hambre.
Quién sabe si sus Dioses se enteran…
Pd. (transcribo un texto de la adaptación dramatúrgica de “
Después de pelear y matarse todo el día, ambos bandos decidieron honrar a sus muertos. A mi me dijeron que ya el sol hería con sus rayos los campos, mientras subía del océano al cielo. A mi me dijeron que griegos y troyanos se mezclaban en la llanura. Miraban el fruto de esa furia. No era un rico cajón de manzanas, no eran jazmines frescos recién cortados, no era un niño con olor a leche de mama. Eran cuerpos mutilados. Era un dedo en busca de la mano que quizás ningún brazo une ya al torso mutilado. Era una cabeza despojada lejos de su cuerpo, mirando el mar, hubiera sido hermoso, con gaviotas quizás y espuma para el. Un pintor lo hubiera amado…
Pero ellos odiaban cada ola y su sonido
(Yo odio cada ola y su sonido)
Eran huesos raspados. Eran babas de miedo, orines, gritos sordos sobre la tierra. Eran cuerpos de carne desgarrada a puro metal. Eran rictus de cadáveres mordiendo la tierra. Eran hombres que dejaron caer sus corajes como sus otoños. A mi me dijeron que griegos y troyanos se mezclaron bajo los arboles, ambos buscaban leña para sus fogatas…para sus muertos. Y así fueron apilando maderos y leños. Las hogueras iban a ser inmensas. Todos buscaban sus muertos. Difícil era reconocerlos. Lavaban sus rostros con agua salada de ese mar, que hubiera sido hermoso con gaviotas quizá. Y así iban dividiendo los muertos…este es tuyo.
Este es mío
(este es tuyo)
Este es mío
Amontonados sobre los carros, ciento cincuenta muertos para cada lado. Hacinados sobre leños, ciento cincuenta nombres, ciento cincuenta hijos, trescientos ojos. Y así quemaron esta tristeza en la mañana en una parva como para espantar a los siglos, dulce era el amor vivo que aunaba almas y ahora crujís bajo fuego.
Los cuerpos se iban fundiendo con la leña, la sangre hervía, y el olor a carne quemada se prendía en las ropas y en los cuerpos de los que aún estaban vivos. El humo negro de las fogatas se elevaba alto, alto y llegaba hasta las cumbres del nevado Olimpo. Los que lloraban lo hacían en silencio, todos se cuidaban de no molestar al silencio…
Menos el mar….
Yo perdí un amado
Yo perdí un hermano…amado
Y como y quien tiene la culpa. Y cuando empezó lo que ahora sucede y como y quien tiene la culpa.


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