lunes, 18 de abril de 2011

Género/Generación

La anterior semana, entre mis correteos de buscar tema para mi columna quincenal, anuncié al editor del suplemento IDEAS que escribiría sobre la COB; por el trabajo estaba tan empapada en el tema que tenía todos los insumos necesarios para hacer un rico análisis sobre el conflicto que sobrellevamos toda la anterior semana. Al día siguiente de haber informado sobre qué escribiría, leí la columna de María Galindo en el mismo periódico; a pesar de concordar algunos puntos con ella, en general sentí que a la nueva ministra se la estaba prejuzgando por ser joven y no haber estado en la palestra pública de forma directa. Supe, entonces, que a pesar de tener un buen tema y variados insumos, tenía la obligación generacional de escribir algo sobre Cecilia, la nueva ministra. Salió la columna que leen a continuación, que fue publicada en IDEAS, el día de ayer: 17 de abril.


(La ilustración es de Abecor)

El pasado 8 de abril, varios medios han concedido unos buenos minutos/párrafos de sus reportes cotidianos para referirse al nerviosismo de la flamante Ministra de Defensa que, según dicen, se hizo presente en la recepción de su nuevo despacho y en el reconocimiento de las Fuerzas Armadas en el Gran Cuartel de Miraflores. Remítase a la prueba…¿la prueba?: la Ministra dijo buenas tardes a las 10:00 a.m.

Llamativa la inusual rigurosidad horaria (-en este país-) con la que los medios de comunicación han medido –de entrada- la talla de la Ministra. Llamativa, también, la cantidad de segundos/tinta invertidos en calificar a la ministra de “nerviosa”, “improvisada” y “arribista”, llama la atención, sobre todo, porque se trata de alguien cuyo trabajo fue relevante pero de bajo perfil hasta su reciente designación. Llamativas señales porque -hasta donde yo recuerde- hace ya bastante tiempo que una reacción tan natural como el nerviosismo de alguna autoridad no había sido comidilla informativa de talla nacional. Quedan como constancia estas señales de un recibimiento.

Desde el enfoque de género, la posesión de la Ministra, por un lado, ha sido vista con buenos ojos por las activistas de la Coordinadora de la Mujer, quienes han señalado que “El nombramiento de la nueva Ministra es una nueva muestra de apertura política para garantizar la presencia de las mujeres en los espacios de los cuales han estado tradicionalmente excluidas dentro de la propia estructura estatal” y ha sido vista con otros ojos por la activista María Galindo, quien ha criticado a la autoridad por “su arribismo y facilonería de aceptar un cargo por trepar donde sea y a cualquier costo, rasgo que por otro lado esta caracterizando a las mujeres cercanas al gobierno.”. Visiones diametralmente distintas.

Desde el enfoque de generación, se me ocurre que con Cecilia, la flamante Ministra, habremos nacido en la misma década que le devolvió a este país la democracia; imagino, además que, al igual que muchos y muchas, la oportunidad de desenvolverse profesionalmente llegó justo el momento en que el país –aquél 2000- empezó a asumir su derecho a soñar con la posibilidad de un modelo de Estado distinto, de una democracia más amplia, más intensa.

Desde el enfoque simbólico, se sabe que la ruta trazada por este gobierno en materia de equidad de género ha sido favorable, por lo menos, en ese plano. No es pues casualidad que -gabinete paritario y listas paritarias de por medio- surja, en el espacio público, el nombre de una joven mujer como la elegida para cumplir con la administración de la institución que, como bien señala María Galindo, es actualmente la principal “escuela de machismo y violencia para cientos de miles de jóvenes” en nuestro país y el planeta entero.

Conocido es, también, que la integración de mujeres en las Fuerzas Armadas más allá de democratizar, descolonizar y despatriarcalizar dicha institución ha servido para seguir reforzando la simbología machista (que encarna la lógica del soldado) que funge como núcleo central de las prácticas/lógicas autoritarias y machistas que, con éxito, nos han heredado años de gobiernos militares y dictatoriales.

No obstante, ningún símbolo, por enorme que sea, puede ser buena señal en un mal momento político como el que atraviesa el gobierno. Esta mala combinación limita cualquier posibilidad de acción y, a la postre, confina a los tan urgentes resultados de gestión; y en esto María Galindo tiene razón. En lo que se equivoca, es en señalar que “con sólo ver a la ministra (sabemos) que nada de eso corre por su mente, es más, parece que nada pasa en realidad por su mente.” Pues, rescatando el enfoque generacional, puedo asegurarle a María Galindo que muchas cosas corren por su mente; pues la Ministra no encarna (como han querido hacerlo ver) una reivindicación solamente de género sino (y sobre todo) una reivindicación generacional.

Por ello, me pasa por la mente –y lo firmo- que la nueva Ministra, yo, y muchos otros y otras, hemos nacido en un tiempo en el que soñar con un nuevo Estado posible no se nos ha sido concedido como derecho, sino como una obligación: una obligación histórica.

Por ello cuando veo que Cecilia tartamudea y está nerviosa, me adueño de su nerviosismo, pero a la vez de su valentía y coraje por asentir una noche de 5 de abril. Finalmente, pues, aquello que se nos obligó a soñar, está tocando la propia puerta y, como generación, no le podemos decir que no.


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