
Y así, como otro retrato para nuestra galería histórica, transitamos -hace un par de días- por uno más de los tantos episodios simbólicos sobre la reivindicación marítima del “mar nuestro de cada día” (Luis Rico dixit). Desde ahora, estimado/a ciudadano/a, y quien sabe hasta cuándo, además de cada 23 de marzo, cada 29 de abril izaremos banderas a diestra y siniestra, entonaremos marchas e himnos que enaltecen algo que no tenemos y seremos presas de nuevas generaciones de niños y niñas que reproducen un modelo de ejercicio de patriotismo basado en la añoranza.
La generación de sentimientos nacionales comunes –nacionales, digamos- es, por lo general, algo que cualquier gobierno debiera incentivar yendo siempre más allá de su tendencia política. Se sabe pues – o se cree, más bien- que este asunto en particular está ligado a la tan necesaria (re)creación de la identidad del ser boliviano. Identidad que sabemos se encuentra “extraviada” desde hace mucho y que muchos y muchas se han dedicado a escudriñar en el fondo del boliviano y boliviana promedio.
Por otro lado, se sabe que esos pocos espacios comunes –con tintes patrióticos- que logran constituirse en el centro del ser boliviano son tesoros que cualquier cuidadano/a de este Estado debiera apreciar y, que cualquier gobernante debiera capitalizar; ello –a no sorprenderse- es de manual político, en ello no hay tácticas innovadoras, ni estrategias envolventes. Y es también de manual -en este caso comunicacional- que todos estos necesarios recovecos que se construyen discursivamente deben estar cimentados por sólidas raíces simbólicas que por lo general se encuentran ligadas a la memoria histórica común. No obstante es importante señalar que no se trata de amasar los sueños comunes en base a la exageración y abuso de simbolismos o, peor aún, en base al reciclaje de los mismos.
Será imposible actualizar el sentimiento nacional en base a añejos himnos. No se podrá pues, renovar sentimientos escondidos/perdidos con razón en el abuso de rancias telas con vetustos colores. Si existe -y que bueno- un día de la recuperación marítima esté pues basado ideológicamente en unirnos como país y simbólicamente, en actualizar, sí, viejos sentimientos pero con base en la renovación, la resignificación y la innovación. Que los bolivianos pues seamos sobrios de elementos pero pletóricos de imaginarios comunes. Ello, como no, sería una victoria anunciada para todos y todas y un verdadero resultado en materia de política comunicacional estatal.
Que la decisión tomada por el compañero Presidente y asumida por el Estado Plurinacional el pasado 23 de marzo nos abra la puerta a un desafío histórico de magnitud; y no me refiero precisamente a toda la retórica que podría entrar en esta columna; me refiero, más bien, a la posibilidad de darle un giro real no sólo a nuestra política nacional sobre la reivindicación marítima sino, además, y quizás con resultados más al alcance de nuestras manos, darle un giro a nuestro imaginario común simbólico sobre nuestra mediterraneidad: una verdadera mirada distinta al/desde el futuro.
Finalmente se ha tomado una decisión en cuya salida, cualesquiera que sea, ganaremos todos: por un lado, si conseguimos un fallo que nos permita volver al mar, se habrá hecho justicia histórica de cara al pasado y si, por el contrario, conseguimos un fallo que nos cierre las puertas a él, se habrá hecho justicia histórica de cara al futuro; aunque sería difícil vislumbrarlo en su momento, seremos la última generación del lamento y la primera que –libre de banderas e himnos- pueda ver a la patria posible que existe más allá del 23 de marzo y, ahora, del 29 de abril.

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