martes, 13 de marzo de 2012

Memoria(s) del 2010

Esta nota la escribí a finales del 2010, concretamente fue publicada en el suplemento IDEAS de Página Siete el 26 de diciembre de ese año. Varios hechos suscitados ese años hicieron que la entonces reciente noticia del cáncer de Domitila Chungara nos jalara las orejas por haber -ojalá temporalmente- olvidado algunas cosas, algunas personas. Me parece importante recuperar estas letras hoy.




(Tomada de www.lostiempos.com)

Cuenta Domitila Chungara que a pesar de su pobreza cuando era pequeña agarraba –en complicidad con sus hermanas- un pañuelo, el cuál llenaba con azúcar (que escaseaba en su propia mesa) y lo dejaba en la calle a ver si algún pobre lo alzaba.



No nos sorprende, entonces, que hoy que un cáncer de pulmón la saca nuevamente a la palestra pública, cuando se le pregunta que necesita ella, solidaria, conteste que lo que necesita es “un nuevo hospital oncológico, porque ahora que yo tengo cama he visto desde aquí a mucha gente que no pudo conseguir un espacio a pesar de llegar del campo y de todo el país buscando atención para sus problemas”.


Cuenta, también, Domitila que es la tercera batalla que libra en la guerra contra el cáncer, pues éste ya se apoderó de su matriz y de un seno; no obstante ella sabe bien de batallas, una de las primeras la sorprendería en plena huelga minera, en junio de 1976, cuando dio a luz a un par de mellizos, sólo una sobrevivió.


Luego, en enero de 1978 se incorporaría al grupo de mujeres que llevaban adelante una huelga de hambre, junto a sus 14 hijos en el Arzobispado de la ciudad de La Paz. El dictador convocaría a elecciones el mismo 9 de julio de ese año, cediendo así a la presión –la última gota- ejercida por este círculo de warmis.


La historia no es más que un caleidoscopio de contradicciones, búsquedas (tanteos de vez en vez), tropezones o algunas afortunadas aleluyas por algún que otro lado, escrita en diversos idiomas, con distintos códigos, y variadas gramáticas. Los años también.


Y son, a veces, estas historias-testimonio, las que nos jalan las orejas para darnos cuenta de los años y de sus gramáticas; cómo fueron éstos escritos o, al menos, saber cómo es que no se los escribió.


Son varios y variados los esfuerzos empeñados por determinar qué nos dejó este año, quién fue el personaje del año, qué hecho lo marcó, qué recordaremos por un buen tiempo; en suma qué o quién resume este 2010.


Poco –es decir nada- se ha hablado acerca de qué no hicimos, qué faltó, qué fue aquello que no signará el 2010, que nunca recordaremos de este fin de la primera década del milenio.


El 2010 quedará, seguro, inscrito como el año en el que comenzamos a construir nuestro Estado Plurinacional, promulgamos nuestra actual Constitución Política del Estado, aprobamos la totalidad de las leyes orgánicas establecidas para su funcionamiento, nacieron algunas instituciones y otras, por ejemplo, cerraron sus puertas. En suma, comenzamos a ser aquello que soñamos ser.


Ello aunque algunos y algunas olvidaron quiénes fuimos. La Asamblea Legislativa, por ejemplo, fue firme candidata durante unas polémicas semanas al mérito horrocrático a la desmemoria, otorgando a las Fuerzas Armadas la medalla “Marcelo Quiroga Santa Cruz”; hasta que fue superada, ésta semana, por el compañero Presidente, cuando en un ejercicio de pragmatismo ahistórico afirmó que ya no existen documentos probatorios, archivos militares que pudieran existir o estar clasificados sobre la larga noche negra de nuestra historia democrática; constituyéndose en el vocero de la más grande mentira con la que empezamos la siguiente década. Ya pasó. Ya estuvo. Vuelta de página. C´est fini.


Nunca he sabido bien para qué sirven las navidades. Pero sé, con seguridad, para qué sirven los años nuevos: para reivindicarse, para mirarse.


¿Qué nos queda, entonces, por reivindicar? La radicalidad de la consigna: "Seamos serios. Sí hay documentos" compañero, Presidente.


¿Y al mirarnos? Recibir el 2011 abrazados de la memoria que, como a Domitila, debería invadirnos: “El pueblo siempre te recuerda. No es que te olvida, es sólo que no nos conoce a veces y eso no importa. El pueblo siempre está ahí y a mí nunca me ha faltado la solidaridad del pueblo donde sea. El pueblo siempre va a estar conmigo”.


Bien dejó inscrito Galeano, que “por insultar al ejército boliviano se la llevan presa. Un militar le escupe la cara, ella le escupe la cara y él le da una patada”, en “Memorias del Fuego”.


No hay duda, pues, sin memoria no hay fuego. Ni llama, ni hoguera, ni incendio, ni horizonte, ni futuro. Ni nada.

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