lunes, 2 de abril de 2012

Entre el instrumento político y el intento partidario

Luego de ver/escuchar las conclusiones de la VIII Cumbre del MAS, traté de reinvindicar el legítimo derecho a ser parte de todo esto por fuera del partido. La crisis de representación política ha dejado huellas profundas en una generación; cuesta creer.






Después de todo lo que se dijo, me atrevo a pensar que faltamos. Es decir, de inicio, no era siquiera necesario que estuviéramos, nunca fue nuestro lugar, peor trinchera. Era el lugar de los compañeros/as de ruta, de proyecto país. Pero no, en/por principio, no era necesario que estuviéramos. Paradójico: quizás terminamos faltando.



Y es que pasa que nuestro lugar fue más bien un tiempo. Y nuestras trincheras las heridas que el tiempo neoliberal dejo marcado en la historia. Pero ello mismo –la temporalidad- nos ponía, nos puso y nos pone en una situación/posición no partidista. Y que no se malentienda, no se trata de que no tomamos partido; simplemente decidimos tomarlo por fuera del partido que, en este caso, ni es lo mismo, ni es igual.



No se puede negar que buena parte de la génesis de este proceso se encuentra en la crisis de representación política ¿quién podría, entonces, haber pensado allá por el 2000, que un instrumento político pretendería concentrar no sólo los logros, sino también a los y las actores/as de este proceso de cambio que, en aquel entonces, se veía/sabía emergente de la mano de los movimientos y organizaciones sociales? Ello, en sí, no representa nada fuera de lo común ¿qué organización política no optaría por fortalecer su capital político en un proceso histórico?



Es lógico, entonces, que la organización política que sustenta el actual gobierno y, sobre todo la base electoral del mismo, intente capitalizar los réditos políticos de un proceso mucho más multidimensional y complejo que la dinámica/acción misma del propio proceso partidario.



El sistema partidario-político tras su fracaso histórico, continúa hoy en la búsqueda de sus propios códigos de reinvención y, en medio de ello, asistimos al VIII congreso del Movimiento al Socialismo, uno de los pocos partidos que se proyecta a remover/¿renovar? los cimientos más profundos de la democracia representativa-partidaria en nuestro país. Pues ya se advierte -y no deja de cobrar fuerza como hipótesis- que el sistema partidario se (re)generará sobre las heridas que el propio MAS deje abiertas, quizás por ello su intento por cerrarlas en clave de mandato, a través de la (re)unificación del instrumento político.



Sin embargo, ni esta realidad, ni la contundencia del peso político, ni el rol del MAS en el proceso de cambio son elementos suficientes para que desde el propio partido se pretenda establecer una supuesta propiedad sobre el proceso de cambio, pretender la cooptación del aparato gubernamental a título partidista; o peor aún acabar con las facciones disidentes del partido, del gobierno, cuando no del proceso. Porque –no es novedad- el proceso de cambio es una construcción colectiva de varios actores/sectores que, por decisión o circunstancia, no formamos parte del instrumento político que cobija al líder de este inicio del proceso de cambio.



Lo cierto es que el instrumento tiene la capacidad de rayar la cancha y, actualmente, la cancha ya está rayada y es en ejercicio de un legítimo derecho adquirido. Pero a no confundirse; es la cancha la que está rayada, no el camino del proceso de cambio a partir de ello. El MAS como instrumento político e intento partidario, es un actor más; relevante sí, pero actor finalmente. Y en escena –y esto tampoco es novedad- la obra se gana aplausos, sólo cuando confluye el elenco completo.

2 comentarios:

Pablo Andrés Rivero M. dijo...

Sugerente autoreflexión.

La Vero Vero dijo...

Gracias por leer y comentar, Payo. Un abrazo.

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