miércoles, 2 de mayo de 2012

En defensa de la conflictividad social



Sin duda alguna la agenda de la semana (cuando no del mes/año) ha estado encabezada por la tensa dinámica de conflictividad social en la que vivimos actualmente en el país. Demandas de todo tipo (al momento de escribir esta columna puedo dar cuenta de, al menos, 13 latentes a nivel regional y nacional) que, en términos de sectores y demandas, han alcanzado una inusitada variedad. En términos cuantitativos, un par de instituciones (Fundación Milenio y Fundación UNIR) han visibilizado datos que permiten concluir que la cantidad de conflictos por los que atraviesa diariamente el actual gobierno (un promedio de 117 por mes) superarían los conflictos que hubiera atravesado el gobierno de Hernán Siles Suazo, con la UDP (un promedio de 93 por mes). No sólo ello, además esta semana que acaba ha estado marcada por el reinicio simbólico (la partida desde Trinidad de la IX marcha indígena) del mayor conflicto sociopolítico por el que ha atravesado el gobierno de Evo Morales: la carretera por el TIPNIS. Conflicto que –coinciden las lecturas- ha socavado el discurso ideológico y político que mantiene el gobierno desde su llegada al poder.

A simple vista la situación es complicada para el gobierno y la gobernabilidad debiera verse afectada, sobre todo si a ello sumamos que los niveles más bajos de popularidad del presidente Morales se han registrado este año. Pero, en realidad, la situación es más compleja que complicada y no viceversa. Compleja porque acusa un fenómeno político inmanente y complicada -en su versión simplista- porque sobrellevar la conflictividad devenida cotidianidad no es tarea fácil para nadie (ciudadanía, sectores demandantes, gobierno).

Pero de ahí a comparar el momento conflictivo que acabó con el gobierno de la UDP con este; hay demasiada distancia. Y nuevas variables en juego. ¿Cómo se entiende, entonces, esa novísima institución denominada “contramarcha” que tan en boga ha estado últimamente en nuestras calles/carreteras? Es pues, una de las formas en las que se materializa (ocasionalmente deforma, cuando no manipula) el postulado denominado “gobierno de los movimientos sociales” que fue, en términos conceptuales, una de las banderas políticas con las que se encaró este proceso de cambio en sus inicios.

Y en ello estamos. No en vano, el Vicepresidente habría advertido a inicios del año pasado que las contradicciones/tensiones se darían de manera interna, entre diversos actores en pugna sobre el ¿cómo hacer? aquello que ya se había acordado hacer: la construcción del Estado Plurinacional; construcción que implica, en el mejor/único escenario posible, la intensificación de la democracia intercultural.

Y estando en ello -ya lo decía la Mouffe- vale la pena recordar que “la manera más miserable en la que nos han enseñado la democracia es en ausencia del conflicto y el disenso”. La democracia tiene pues –a diferencia de lo que podría creerse- naturaleza conflictiva; su sola existencia/vigencia no anula el litigio. Precisamente, es en el borde del conflicto, en el límite, donde empieza lo político y este nivel de lo político no tiene ninguna gramática, es solo la lucha de fuerzas (tensiones) en que lo político llega con tardanza, en un acto segundo que, define, finalmente un escenario político tangible. Es ahí donde juega su principal rol el gobierno: administrando la conflictividad, siendo juez y parte de su continuidad en el poder; sobre todo en un momento como este, cuando la oposición no alcanza siquiera a capitalizar políticamente tanto conflicto que, finalmente (en el mal y buen sentido de la afirmación) el gobierno sigue dirigiendo/encabezando y, a la larga, capitalizando.

Después de todo, se sabe, la democracia es un ente vivo. El resto es orden, paz: silencio.

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