lunes, 9 de julio de 2012

Las palabras y las cosas


Las palabras son poderosas, las palabras, en política, son imprescindibles. Y la administración de la palabra en el poder es vital para darle densidad a lo que viene en un paso siguiente: lo político, la política. A veces las palabras se inflacionan, otras tantas entran en déficit. A veces enuncian, otras ocultan. No se dice pues, en vano, que las palabras dicen incluso cuando callan. 


En las últimas semanas hemos sido testigos de la presencia/ausencia de una combinación de palabras que en su propia dinámica de vaivén ha acusado una de las anomalías en la que, al parecer hace rato ya, ha ingresado la política nuestra de cada día: el estallido simbólico, la explosión semiótica. Ese lugar en la política donde se dice tanto que ya no se dice nada. O, en su caso se dice nada, que dice tanto.

Golpe de Estado. Sí, esa combinación que con tanto empeño el gobierno repitió y la oposición calló en medio del motín policial más exitoso que hemos presenciado en nuestra historia republicana-estatal. La pregunta que ronda el discurso pasado es, entonces, ¿hubo o no hubo un intento de golpe de Estado en Bolivia? La respuesta es, por supuesto, que no. Pero la contundencia de la afirmación no nos permite separar algunas variables que estuvieron presentes y ausentes en este tobogán discursivo, pues ciertamente se trató de una situación de riesgo estatal que ganó y perdió densidad discursiva en su trama y desenlace.

Por un lado el gobierno se encargó de construir una superestructura discursiva, con la que sobredimensionó una sucesión de hechos que si bien amenazaban la estabilidad del Estado, distaban mucho de la justa demanda del sector policial que finalmente -actos vandálicos e intentos de romper el orden democrático de por medio- terminaron por ubicar frente a frente (con una buena distancia) el conflicto policial y el discurso gubernamental.

Por el otro, la oposición política en su generalidad se encargó de construir una silenciosa estructura de mutismo, con la que lograron minimizar la más álgida protesta vista en décadas de uno de los sectores estatales ¡armados! de nuestro país. Entre ambas trincheras discursivas, polarizadas, sordas (cuando no mudas) y absolutamente deslegitimadas ante la ciudadanía (que nunca creyó ni que fuera algo poco grave, ni que fuera el principio del caos) quedó huérfano el hecho: el sector policial a nivel nacional se amotinó, se declaró en huelga, tomó la Plaza Murillo y, en sus particularidades, transportó armas, saqueó instituciones públicas y quemó documentación que comprometía a su sector.

Y es que ese es el peligro de las palabras cuando se vuelven sordas, que al mismo tiempo se quedan mudas y, los hechos, los actos se quedan huérfanos de ellas. Es ahí donde se pierde la oportunidad para lo político. Ya lo decía Galeano en su ventana sobre las Tradiciones: “La palabra y el acto no se habían encontrado nunca. Cuando la palabra decía sí, el acto hacía no. Cuando la palabra decía no, el acto hacía sí. Cuando la palabra decía más o menos, el acto hacía menos o más. Un día, la palabra y el acto se cruzaron en la calle. Como no se conocían, no se reconocieron. Como no se reconocieron, no se saludaron.”

No vaya a ser que estemos llegando al momento-límite en que quedan los actos y haya sequía de palabras para nombrarlos. Quién sabe, en el fondo la política nuestra de cada día -tanto de oficialismo como de oposición- realmente necesita un golpe. De administración de discurso, probablemente. De suerte, quizás. De timón: mucho mejor.

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