jueves, 26 de julio de 2012

Ofrenda

En 1999 Pedro Guerra estuvo en Oaxaca, justamente un 2 de noviembre: era día de muertos. Y fue ahí, en ese momento, donde nació la idea de hacer “Ofrenda”. En sus palabras “una ofrenda para regresar lo que se ha ido. Un altar en donde poner lo que ya no está para que vuelva lo que se fue.” Va este recuerdo -en clave de ofrenda- para recuperar el tiempo que fue y que hace eco hoy para manifestar que existió. 8 de julio de 2001 en Alcalá de Guadaira, España. Para irme a Alcalá, ese julio, había conseguido que otra boliviana, un español y un sueco acompañaran cómplicemente este mi arrebato. Ciertamente lo hicieron con más preocupación que empeño, pues el castillo de Alcalá estaba a dos horas de Sevilla y si bien existía alguna posibilidad de ir en transporte público, la última posibilidad de retornar se esfumaba a la medianoche y el concierto de Pedro Guerra estaba programado para las 21 horas; lo cual no era ninguna garantía para algún retorno seguro y, ciertamente, en los alrededores del castillo no había absolutamente nada.

Escoltada como buena extranjera de 19 años, con mi irresponsabilidad y mi firme decisión de ver a Pedro en las espaldas, nos embarcamos a Alcalá en coche. Llegamos justo a tiempo para el inicio del concierto y a pesar de que el lleno era total no debimos ser más de 300 personas en el castillo. Aún así no creo que ninguna de esas 300 almas se haya sentido ubicada lejos de Pedro, pues yo tengo la imagen clara de sus pies y las luces azules que iluminaban su banda en un registro cercano, a pesar de no haberme encontrado en primera fila: esa latente sensación de cercanía. Pedro estaba vestido todo de blanco, aún traía el pelo largo y amarrado, estaba descalzo en el escenario. Y, sin palabra previa, iniciaría el concierto con “Babel”, para luego contar la historia de Oaxaca y presentarnos “Ofrenda” a través de un juego de luces que evocaban colores mexicanos. “Miedo” (esa canción que en el disco la comparte con el gran Lenine), “Extranjeros” y “Herminia” vendrían luego con el impulso de la banda que lo acompañaba y con Pedro sólo a la voz, cantando por todo el escenario. Éstas canciones cerrarían esta primera parte en la que Pedro paseaba cantando/contando cada una de sus canciones: cada canción con su historia. Cada historia con su recuerdo. Cada recuerdo con su almita.

(En el concierto en el castillo, estaba cantando "Deseo")

Recuerdo haber pensado en ese momento y los días posteriores, lo difícil que sería pensar en traerlo a Bolivia, sobre todo en esa gira, donde gran parte del espectáculo reposaba en la banda. En medio de tales pensamientos, Pedro completaría el concierto solo/sólo con su guitarra, entonando “El aire en que no estás”, “El encantador de serpientes”, “Papá cantó” y “El reencuentro de Viola y el Barón”. No hubo siquiera la necesidad de pedirle clásicos como “El Marido de la Peluquera”, “Dibujos Animados”, “Todo es Desorden”, “Daniela”, “Bebes del Río” y varias más que, en una generosa ofrenda, Pedro nos fue entregando con mucha paciencia y templanza. No hubo ruegos, no hubo decepciones, no hubo ausencias, ni hubo nostalgias. Cerraría el concierto, retomando la banda, con “Dirán” y “Dragones Verdes”. Y el círculo completaría perfectamente su trazo. Quedando esa sensación tatuada: estuvieron todas, no faltó ninguna.

Emprendimos retorno a Sevilla, en la despoblada carretera viajaba a nuestro lado su autobús con él y la banda dentro. Nos adelantaban, les adelantábamos, todo en plena coreografía carretera, hasta que en la entrada a Sevilla los perdimos. Nosotros fuimos a tomar una cerveza en casa y a dormir. Todo y tanto, era demasiado para caber en una noche, en una historia.

Al día siguiente me levanté temprano para irme directo al AVE (tren de alta velocidad) para retornar pronto a Madrid y de ahí a Bolivia. Y a pesar de que el tren tiene alrededor de 20 vagones con 60 espacios cada uno. Yo llegaría al vagón 7 - asiento 13. Y Pedro Guerra al vagón 7 - asiento 16. Cuando llegamos a Sevilla, me acerqué a interrumpirlo a la salida del tren, para decirle que lo había visto la noche anterior en Alcalá y que venía desde Bolivia, donde ya lo estábamos esperando. Él, de pocas palabras como es, me respondió que tenía “muchas ganas de estar en Bolivia” y que esperaba que sea pronto. Quizás es por ello que en una entrevista, hace días, recuerda que “cantar en Bolivia será cumplir un sueño".

Yo no sé exactamente que nos espera en los conciertos programados para estas dos fechas en La Paz, pues han pasado ya 11 años. De lo que sí estoy segura es que nos esperan no sólo dos recitales de canciones, sino además un par de exquisitas sesiones de historias. Y de que no sólo nos espera “El Mono Espabilado”, sino un recorrido por todo lo que Pedro, el artista y el humano, fue y es.

Lo sé porque estuve en uno de esos conciertos donde él derrocha genialidad y generosidad. Y lo sé, además, porque Pedro tiene ganas de visitar Bolivia hace más de una década: me lo dijo en un tren, el 2001. 

En la estación del AVE. Llegando a Madrid.
(Esta crónica salió publicada originalmente en el suplemento IDEAS de Página Siete, del pasado domingo 15 de julio de 2012. La reproduzco ahora que Pedro Guerra está en suelo boliviano.)

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