lunes, 10 de septiembre de 2012

Eco de un concierto


Desde que Lila Downs sacará su último disco “Milagros y Pecados”, su afición por las nuevas tecnologías de información y comunicación la harían posicionar entre sus seguidores y seguidoras los #MartesDeMilagro (así con hashtag y guiño tuitero). Y es que sucede que los martes, de forma general, no son “días inteligentes y no se sabe ir más allá”. Pero este último martes fue, sin duda, un martes milagroso; y lo fue la mano de un excepcional cancionista uruguayo (no condice con el término cantautor) que supo, con maestría, transformar un martes cualquiera en una eternidad musical. Y no exagero, lo que Jorge Drexler, sembró el pasado martes en el cine-teatro 16 de julio (y el miércoles en Santa Cruz, seguro) cuenta como primera e íntima vez de la llegada de este yorugua, que se nos queda para toda la vida.

De terno, acompañado en principio de dos músicos, inicia –sin anestesia previa- con Hermana Duda, para continuar luego con Polvo de Estrellas y Mundo Abismal (el nombre de la gira con la que llega hasta Bolivia). Con Eco y Noctiluca llegarían las primeras historias: Drexler rememora Cabo Polonio, ese incógnito lugar en Uruguay donde la luz de un faro ilumina las noches y él reconoce pequeñas luces que, tiempo después, lo llevarían a entender/entrañar el nacimiento de Luca: su hijo. Momento paternal, intenso y brillante. Inoportuna, vendría tras el pedido de alguien del público que, sin sonrojarse, manifestó su amor al yorugua, quien tras escuchar la declaración señala –acostumbrado al vértigo femenino- “gracias por ello en esta época tan desenamorada” y la conmina a pedir una canción desde la bandeja alta del público.

Fusión la pediría un músico del público que supo responder a Drexler cuando preguntó si alguien quería pedir alguna canción que comenzará en Sexta en Re. Complicidad exclusiva para músicos y músicas. Posteriormente Drexler comenta que grabó esta encomiable canción de RadioHead hace mucho tiempo, e inicia los acordes de High and Dry.

Irrumpiría, luego, una entrañable historia en algún lugar de Madrid cuando fue el mísmismo Sabina quien le enseñó a Drexler lo que son las décimas, transfiriéndole seguramente la más íntima y querida forma vérsica que conoce y utiliza actualmente el cancionista, utilizada por primera vez en la Milonga del Moro Judío, canción que inauguraría el momento acústico, privado e introspectivo para él y todos y todas en el concierto. Ese momento se completó con la Milonga paraguaya y fue coronado con Soledad y sus acordes convocando al corazón de “quienes nunca supimos bien cómo estar solos”. Momento cómplice para el almita.

Apelando al coro unísono de quienes nos encontrábamos en el concierto retoma la línea narrativa del concierto con Mi guitarra y vos donde empieza a ejercitar su suprema afinación para iniciar el juego con el público. Preguntas y respuestas: ecos. Luego vendría Aquellos Tiempos, precedido por instrumentos electrónicos (entre ellos el theremin) que convidan futuro, mientras las letras batallan por el deber de la memoria, visitando incluso Mayo del 68.

Deseo llegaría de la mano de un proyecto de grabaciones urbanas que Drexler y sus músicos-sonidistas habrían grabado en varias ciudades, él se encarga de explicarnos y mostrarnos cada una antes de iniciar la famosa canción. Primero conoceríamos a un predicador callejero de alguna iglesia en México señalando aquello que no se debía desear en la vida (menos mal que no tiene éxito, señala Drexler). Luego conoceríamos un ingenioso vendedor de ese tradicional dulce limeño que se oferta al ritmo cantado de “revolución caliente, para enchinar los dientes”. Y, finalmente, la grabación urbana de la banda estudiantil del colegio Don Bosco (sí, como lee, del Don Bosco).

Todas y cada una de ellas tomando turno para acompañar Deseo que no sólo sería acompañado por las grabaciones sino por los ojos de Drexler (mire donde mire, te veo), el magnífico uso del efecto de delay paneado que utiliza en varias de sus canciones y los coros de los y las paceñas (sobre todo las paceñas).

Seguiría Disneylandia y Transporte para luego sorprendernos con la canción que lo llevó a ganar el Oscar aquel 2005, en esa espléndida película Diarios de Motocicleta sobre el Che Guevara: Al otro lado del río, la versión iría a capella, íntimamente, con nosotros/as, bajo el cielo paceño. Terminaría el concierto con Sea, embrujando nuestra parte del aire para que acá también “sea lo que sea”.

Después de todo el bochinche que armamos en el teatro no le quedaba otra que volver una vez más y lo hizo, de la forma más majestuosa: con su historia personal con Bolivia en una mano y una copa de vino blanco en la otra. En 1939, varios migrantes escapan de la Alemania nazi y todas las embajadas latinoamericanas (relata el cancionista) estaban cerradas, excepto la boliviana, a donde llegaría el abuelo de él que aún (nos cuenta) sigue enterrado en Oruro. Con esa honestidad que te dan las vivencias personales, nos regala un Salvapantallas, para luego seguir (parados y bailando) con Todo se transforma, La trama y el desenlace y Las transeúntes.

Quizás podía detenerme en detalles más técnicos sobre el concierto. Pero sucede que este es uno de esos en los que nada brilla por sí sólo, sino por el conjunto. Ese todo maravilloso y entrañable que nos regaló Jorge Drexler y que, como nos dirá su eco, eco, eco constantemente “continuará derivando latente en el éter, eternamente”. 
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Publicado originalmente en el Suplemento IDEAS del periódico Página Siete, en la página 15 de la edición del 09/09/2012 (http://bit.ly/Rzr9HM)

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