martes, 4 de septiembre de 2012

Levedad/Densidad


 

Tanto lío por el tantalio. Y sí. Sucede que esta última semana hemos asistido a un nuevo episodio del chenko discursivo del cual hemos sido espectadores/actores todos y todas (en mayor y menor medida) últimamente. Ya lo había advertido anteriormente, cuando hablaba de lo que dicen los silencios callando. Valga, entonces, afirmar que también el ruido deviene silencio y ello, claro, también dice mucho.

En medio del litigio gubernamental-mediático por el radiactivo y reciente affaire del supuesto uranio (en realidad mineral) encontrado en la zona de Sopocachi de la ciudad de La Paz, cabe preguntarnos ¿quién y cómo se garantiza la amplia gama de derechos comunicacionales establecidos constitucionalmente en el país?


Sobre todo si quienes con sus acciones hacen Estado, atentan –discursos apresurados e irresponsables de por medio- contra los mismos, generando un ámbito de incertidumbre, desinformación y conjeturas en los ámbitos local, nacional e internacional, que –lógico- los medios se apresuran a reproducir.

¿Quién y cómo los garantiza? Cuando los medios de comunicación campean impunidad-irresponsabilidad por la publicación/difusión de desinformaciones o tergiversaciones en su devenir histórico. O, peor aun, cuando en la inexistencia de ellas son cuestionadas/procesadas por el poder político, como ocurre actualmente.

O, mejor, quién y cómo protege nuestros derechos comunicacionales de nosotros/as mismos/as cuando al solo rumor de una información no dudamos en creernos especialistas en cualquier materia para convertirnos en ocasionales opinólogos/as o, más allá, emitimos juicios de valor sobre hechos o personas sin tener siquiera un poco de información sobre ellos o ellas. Todo esto amplificado hoy por las nuevas tecnologías de información y comunicación, concretamente las redes sociales.

Ah, nuestros derechos comunicacionales, librados a su suerte en el espacio público nuestro de cada día. En manos y responsabilidad nuestra. Sin censuras y sin medidas. Con las palabras de todos y todas, con los excesos de todos y todas. Impidiendo el silencio reflexivo de la sensatez y apelando/alimentando el ruido de la irresponsabilidad.

Estallido de signos. Explosión semiótica. Se dice tanto de nada. Ruido y más ruido. El espacio público está tan lleno de desechos semióticos que la levedad de los discursos deviene en silencio. Ergo, el espacio público pierde densidad. Y la constitución de lo político se imposibilita. No se camina y (peor aun) se desanda lo andado.

Jacques Rancierè afirma que las únicas victorias políticas posibles son aquellas en las que logra constituirse un sujeto político; y esta constitución está sujeta al uso de la palabra: a la densidad del discurso que va materializando realidades (y también viceversa). Construcción del Estado Plurinacional de por medio, toca preguntarnos/preocuparnos al pensar que el (ab)uso de la palabra deviene no sólo en un desgaste de discurso sino en un proceso de desubjetivación de los sujetos históricos que nos marcan el horizonte en este proceso histórico-constructivo.


El silencio de las ideas y de los medios para su difusión (aquella noche dictatorial que vivimos) se sabe, no es bueno para ninguna democracia. Pero tampoco lo es el ruido de juicios, acusaciones y desinformación en el que nos encontramos. Ya lo sentenciaba Joaquín Sabina: “ruido mentiroso / ruido entrometido / ruido escandaloso / silencioso ruido”.

Hasta acá llego por razones de espacio. Que no se piense que es flojera porque ciertamente no me considero una persona floja para las letras. Aunque a esta altura, lo dijo el Aprendiz de Brujo y lo ejerce el Gobierno, “no es lo mismo pero es igual”. ____________________________________________________________________

Publicado originalmente en el Suplemento IDEAS de Página Siete, el domingo 2 de septiembre de 2012, pueden leerla en el siguiente link: http://bit.ly/Ti7ZoJ

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