lunes, 24 de diciembre de 2012

Cambios

Por las razones que fuera, se dice y se usa mucho al fin de año como pretexto para cambios y renovaciones.

En lo que a ellos refiere, cabe recordar que el denominado proceso de cambio ha sido denostado por sus detractores/as bajo el argumento de que no existen, precisamente, cambios. Aquellos y aquellas cuya labor cotidiana es oponerse, llegan incluso a señalar que no sólo las cosas no han cambiado sino que están aun peor.

Como yo lo veo y lo vivo, éste es un país más inclusivo que aquél en el que yo nací. Éste es un país con mayor reconocimiento de diversidades que el que me recibió junto a la recuperación democrática. El de hoy es un país donde las mujeres y los jóvenes, de manera general, tenemos más oportunidades.

Un país que decide pensarse a sí mismo y que, con tropiezos y contradicciones, apuesta por la descolonización como una forma de liberación social. Un país donde las familias más desafortunadas encuentran mayor amparo en el Estado.

Un país que, con bemoles, con errores, con intensidades, con aciertos, con intentos, con oposiciones y con resistencias, cree e intenta. Un país en movimiento: un país vibrante.

No obstante, hay un ámbito, y lo sabemos todos/as, donde efectivamente las cosas no sólo no han cambiado, o peor no sólo se han detenido, sino que –efectivamente- han empeorado y se están hundiendo inminentemente en un camino catastrófico.

Insistiré en la idea de que la red de extorsión no es más que una definitiva alarma (una deslumbrante luz roja) que debe alertarnos a todos y todas respecto al rumbo que ha tomado la (in)justicia nuestra de cada día y que puede coadyuvarnos a buscar/encontrar en este recorrido (que recién se inicia) las claves sobre las cuales debemos reconstruir una verdadera justicia del cambio.

Una justa justicia para todos y todas. Una justicia para, realmente, Vivir Bien.

Parte de la honestidad política que se requiere para encontrar las claves para la construcción de una nueva justicia pasa por el reconocimiento de que la extorsión no es, de ninguna forma, una invención del Gobierno de turno sino una práctica arraigada en nuestra cultura judicial nacional; pero cuyo escenario de posibilidad ha sido -eso sí- alentado por otras prácticas que nuestro aparato gubernamental ha puesto en marcha.


Con ello, concretamente, estamos hablando de una política judicial que, en el camino de buscar efectividad en resultados judiciales para el Estado, ha abierto las grietas suficientes para que el pillaje, así como los y las revanchistas políticos puedan sacar provecho con fines personales que no hacen, de ninguna manera, a los fines colectivos del Gobierno y del Estado. Y, por el contrario, deslegitiman un proyecto histórico, con profundas bases sociales.

Parte de la honestidad histórica que también requerimos, para recorrer este trecho, debe procurar romper el prejuicio de que todo lo que precede a este tiempo político no sirve, es erróneo y debe ser desechado.

Pues si bien la larga noche neoliberal no supo entender nuestro país profundo, sí hubo personas e instituciones que ocasionalmente estuvieron más cerca que nuestro Gobierno de realmente apostar por una justicia del cambio. De hecho, una de esas personas incluso gobernó nuestro país.

Si las fechas sirven para promover cambios. Les conmino a creer en que el mejor cambio es hacia la honestidad. De lo contrario lo que nos queda es seguir describiendo la realidad de nuestra Bolivia, con las contundentes palabras del poeta argentino Roberto Santoro, quien sentencia que “cada vez que hay un problema / el juez levanta el martillo / y el país se hunde / más adentro”.

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Esta columna fue publicada el pasado domingo 23 de diciembre en el suplemento IDEAS del periódico Página Siete, en el siguiente link original: http://bit.ly/V1PEM0

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