lunes, 20 de agosto de 2012

(Re)presentaciones Censales

Son varios los debates de tipo teórico–técnico–político acerca de la pertinencia de la inclusión de la categoría de autoidentificación (cultural dicen algunos, racial los otros) en la boleta censal.

Varias también han sido las propuestas de que este indicador sea reglamentado como un instrumento para la “generación de normativa y políticas públicas”; pero, a saber, tampoco se ha profundizado más en este asunto. Y es que, sin ir muy lejos, lo que en el fondo se está polemizando es un asunto de representación en el plano simbólico.

En términos epistemológicos, representar significa “presentar de nuevo”; estamos hablando de una función en la que se hace presente algo o alguien que no estaba presente y ahora sí lo está.

Ya en el plano teórico, la representación -según autores como Manin, Sartori y Del Rey Morató- se presenta de tres formas: a) como mandato o delegación, b) como semejanza o similitud y c) como responsabilidad. Todo el debate que estamos presenciando se encontraría en la opción b.

¿Y la representación como mandato y delegación? No podemos pues olvidar en el debate censal que es la Ley de Régimen Electoral la que precisamente recoge este principio y que, además, está sujeta a una nueva redistribución de escaños (uninominales y de circunscripciones especiales) en base a un nuevo censo poblacional (artículo 56, párrafo II y artículo 57, párrafo III).

Una de las opciones que ha tomado fuerza los últimos días en torno a esta temática ha sido la de trasladar la consigna “Todos somos TIPNIS” a la práctica, lo que consistiría en que todos/as aquellos/as que se consideren mestizos/as se “autoidentifiquen” como yuracaré, moxeño, tsimán u otro pueblo indígena originario campesino que habite en el TIPNIS.

En términos reales, de lo que estaríamos hablando sería de una postura política (relacionada con un ámbito étnico-cultural) muy parecida a la consigna “nulo” por la que votó una mayoría nacional en las pasadas elecciones judiciales de 2011.

Y si esta campaña llegara a tener éxito -a pesar de la dispersión de opciones que se presentan-, esto tendría un efecto aún imprevisto en la nueva distribución de escaños especiales indígenas; esto partiendo del hecho de que se establecen a partir del principio de representatividad de las minorías; es decir, su objetivo consiste en garantizar escaños para minorías indígenas dentro de cada departamento.

Si, hipotéticamente, “infláramos” este dato a favor (o en desmedro, como resultado final) de uno u otro pueblo indígena originario, no solamente estaríamos distorsionando un dato de la realidad sino que -se pueden hacer varios ejercicios al respecto- podríamos incluso reducir la posibilidad de acceso al curul especial indígena de algunos pueblos indígena originario campesinos en determinados departamentos, si es que se llegaran a constituir en mayorías en espacios rurales. Todas son posibilidades, hipotéticas. Pero todas deben (pre)ocuparnos.

¿Hay (sub)representaciones? ¿simbólicas? ¿de mandato? Ése es un tema para la discusión. Lo que sí es seguro es que aquellos que se identificarían como indígenas en la boleta censal, en noviembre, con las opciones establecidas actualmente tienen siete representantes nacionales. El resto, nosotros mestizos/as-bolivianos/as, tenemos 123. Es un dato para pensar.

La idea es que, lejos de trasladar la cuestión del censo 2012 a un campo politizado, tratemos de pensarla como herramienta que, desde ya, varias leyes y todas las políticas públicas requieren realmente para adecuarse a las necesidades actuales del Estado Plurinacional.

Es difícil, seguro; pero necesario. También es urgente medir las consecuencias de nuestros discursos/posiciones. ¿O estaremos realmente cerca de “politizar la sensatez” (Andreu Vaca, dixit)? Voy a creer, por ahora, que ella está aún en nuestras manos y no de la política. 
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Nota publicada originalmente en el Suplemento IDEAS de Página Siete, el pasado domingo 19 de agosto de 2012, puede ver la publicación original en el siguiente link: http://bit.ly/NcNzhe

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