A veces olvido, mi cómplice, que te he olvidado. Que olvidarte, Nicolás, no es dejarte ni mucho menos, más bien es tenerte siempre. Recorrer periódicamente las parcelas de tu vida que me pertenecen. Pero el pasado cada vez es más lejano y sólo quiero que pronto llegué el futuro, a su lado. Y mis manos necesitan volver a escribirte, retomar agenda con la que era cuando me eras, renovar promesas que no se cumplieron y futuros que no se cumplirán más. Y necesito recordar porque me había ido sin irme, aún estando. Y me va peor: necesito vino. Un vino que me haga olvidar que la vida es linda y mi fortuna grande, por él. Y que me devuelva a la dulce condena que era amarte, así sea por minutos. Ebria de colores recuerdo, abro el cofre y salen nuestro pocos momentos juntos que, como mariposas se posaron un instante en tus/nuestros días pero saben alzar vuelo. Y vuelan alto, lejos.
La estrategia era perfecta.
Cada palabra una bala. Las ráfagas para instalar la ternura en tu pecho (y puedas, así, inmolarte, victorioso y sonriso). Las misíles para matarte (y que revivas al día siguiente, siendo otro). Las bombas para sacudirte las ideas y el incendio general de tus poblados para que te quemes la vida (y sepas que estás en ella). Yo, kamikaze en estado de esquizofrenia (con tus ojos en mis bolsillos), todo una mujer minada -tocarme era un peligro, lo sabes- bajo una sencilla demanda: este amor será total o no será. A muerte o nada. Amarte o nada.
Lo sé, lo sabemos bien.
Invadí todos tus territorios (si, sin permiso, con alevosía, agresivamente) y, ahí, he librado mis más terribles batallas; las más complicadas (y a veces dolorosas) guerrillas, con paciencia, con violencia.
Yo sé que mis conquistas te daban pavor; cuando te sometías al amor, a zarpazos te quería, como fiera; hasta meterme en vos, hasta sembrarme en cada parcela de tu comarca, hasta tomar posesión de lo que me pertenece de cada territorio y sembrar en su lugar una palabra (esta vez de ternura).
La estrategia fue perfecta. Quedaste como presa ante mi mirada, todo un rehén de mi locura: me tomaste y me bebiste, explotamos. La artillería que venía luego era, aún, más terrible, implacable y radical. Te lo advertí en plena explosión: ¡Retiráte! ¡Retiráte o te amo!
Levantaste bandera blanca…
Y salí desterrada a este terrible exilio de mi misma.
Tú lo pediste: paz, orden, remanso, desarme total: silencio.
Cada palabra una bala. Las ráfagas para instalar la ternura en tu pecho (y puedas, así, inmolarte, victorioso y sonriso). Las misíles para matarte (y que revivas al día siguiente, siendo otro). Las bombas para sacudirte las ideas y el incendio general de tus poblados para que te quemes la vida (y sepas que estás en ella). Yo, kamikaze en estado de esquizofrenia (con tus ojos en mis bolsillos), todo una mujer minada -tocarme era un peligro, lo sabes- bajo una sencilla demanda: este amor será total o no será. A muerte o nada. Amarte o nada.
Lo sé, lo sabemos bien.
Invadí todos tus territorios (si, sin permiso, con alevosía, agresivamente) y, ahí, he librado mis más terribles batallas; las más complicadas (y a veces dolorosas) guerrillas, con paciencia, con violencia.
Yo sé que mis conquistas te daban pavor; cuando te sometías al amor, a zarpazos te quería, como fiera; hasta meterme en vos, hasta sembrarme en cada parcela de tu comarca, hasta tomar posesión de lo que me pertenece de cada territorio y sembrar en su lugar una palabra (esta vez de ternura).
La estrategia fue perfecta. Quedaste como presa ante mi mirada, todo un rehén de mi locura: me tomaste y me bebiste, explotamos. La artillería que venía luego era, aún, más terrible, implacable y radical. Te lo advertí en plena explosión: ¡Retiráte! ¡Retiráte o te amo!
Levantaste bandera blanca…
Y salí desterrada a este terrible exilio de mi misma.
Tú lo pediste: paz, orden, remanso, desarme total: silencio.



