lunes, 10 de septiembre de 2012

Eco de un concierto


Desde que Lila Downs sacará su último disco “Milagros y Pecados”, su afición por las nuevas tecnologías de información y comunicación la harían posicionar entre sus seguidores y seguidoras los #MartesDeMilagro (así con hashtag y guiño tuitero). Y es que sucede que los martes, de forma general, no son “días inteligentes y no se sabe ir más allá”. Pero este último martes fue, sin duda, un martes milagroso; y lo fue la mano de un excepcional cancionista uruguayo (no condice con el término cantautor) que supo, con maestría, transformar un martes cualquiera en una eternidad musical. Y no exagero, lo que Jorge Drexler, sembró el pasado martes en el cine-teatro 16 de julio (y el miércoles en Santa Cruz, seguro) cuenta como primera e íntima vez de la llegada de este yorugua, que se nos queda para toda la vida.

De terno, acompañado en principio de dos músicos, inicia –sin anestesia previa- con Hermana Duda, para continuar luego con Polvo de Estrellas y Mundo Abismal (el nombre de la gira con la que llega hasta Bolivia). Con Eco y Noctiluca llegarían las primeras historias: Drexler rememora Cabo Polonio, ese incógnito lugar en Uruguay donde la luz de un faro ilumina las noches y él reconoce pequeñas luces que, tiempo después, lo llevarían a entender/entrañar el nacimiento de Luca: su hijo. Momento paternal, intenso y brillante. Inoportuna, vendría tras el pedido de alguien del público que, sin sonrojarse, manifestó su amor al yorugua, quien tras escuchar la declaración señala –acostumbrado al vértigo femenino- “gracias por ello en esta época tan desenamorada” y la conmina a pedir una canción desde la bandeja alta del público.

Fusión la pediría un músico del público que supo responder a Drexler cuando preguntó si alguien quería pedir alguna canción que comenzará en Sexta en Re. Complicidad exclusiva para músicos y músicas. Posteriormente Drexler comenta que grabó esta encomiable canción de RadioHead hace mucho tiempo, e inicia los acordes de High and Dry.

Irrumpiría, luego, una entrañable historia en algún lugar de Madrid cuando fue el mísmismo Sabina quien le enseñó a Drexler lo que son las décimas, transfiriéndole seguramente la más íntima y querida forma vérsica que conoce y utiliza actualmente el cancionista, utilizada por primera vez en la Milonga del Moro Judío, canción que inauguraría el momento acústico, privado e introspectivo para él y todos y todas en el concierto. Ese momento se completó con la Milonga paraguaya y fue coronado con Soledad y sus acordes convocando al corazón de “quienes nunca supimos bien cómo estar solos”. Momento cómplice para el almita.

Apelando al coro unísono de quienes nos encontrábamos en el concierto retoma la línea narrativa del concierto con Mi guitarra y vos donde empieza a ejercitar su suprema afinación para iniciar el juego con el público. Preguntas y respuestas: ecos. Luego vendría Aquellos Tiempos, precedido por instrumentos electrónicos (entre ellos el theremin) que convidan futuro, mientras las letras batallan por el deber de la memoria, visitando incluso Mayo del 68.

Deseo llegaría de la mano de un proyecto de grabaciones urbanas que Drexler y sus músicos-sonidistas habrían grabado en varias ciudades, él se encarga de explicarnos y mostrarnos cada una antes de iniciar la famosa canción. Primero conoceríamos a un predicador callejero de alguna iglesia en México señalando aquello que no se debía desear en la vida (menos mal que no tiene éxito, señala Drexler). Luego conoceríamos un ingenioso vendedor de ese tradicional dulce limeño que se oferta al ritmo cantado de “revolución caliente, para enchinar los dientes”. Y, finalmente, la grabación urbana de la banda estudiantil del colegio Don Bosco (sí, como lee, del Don Bosco).

Todas y cada una de ellas tomando turno para acompañar Deseo que no sólo sería acompañado por las grabaciones sino por los ojos de Drexler (mire donde mire, te veo), el magnífico uso del efecto de delay paneado que utiliza en varias de sus canciones y los coros de los y las paceñas (sobre todo las paceñas).

Seguiría Disneylandia y Transporte para luego sorprendernos con la canción que lo llevó a ganar el Oscar aquel 2005, en esa espléndida película Diarios de Motocicleta sobre el Che Guevara: Al otro lado del río, la versión iría a capella, íntimamente, con nosotros/as, bajo el cielo paceño. Terminaría el concierto con Sea, embrujando nuestra parte del aire para que acá también “sea lo que sea”.

Después de todo el bochinche que armamos en el teatro no le quedaba otra que volver una vez más y lo hizo, de la forma más majestuosa: con su historia personal con Bolivia en una mano y una copa de vino blanco en la otra. En 1939, varios migrantes escapan de la Alemania nazi y todas las embajadas latinoamericanas (relata el cancionista) estaban cerradas, excepto la boliviana, a donde llegaría el abuelo de él que aún (nos cuenta) sigue enterrado en Oruro. Con esa honestidad que te dan las vivencias personales, nos regala un Salvapantallas, para luego seguir (parados y bailando) con Todo se transforma, La trama y el desenlace y Las transeúntes.

Quizás podía detenerme en detalles más técnicos sobre el concierto. Pero sucede que este es uno de esos en los que nada brilla por sí sólo, sino por el conjunto. Ese todo maravilloso y entrañable que nos regaló Jorge Drexler y que, como nos dirá su eco, eco, eco constantemente “continuará derivando latente en el éter, eternamente”. 
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Publicado originalmente en el Suplemento IDEAS del periódico Página Siete, en la página 15 de la edición del 09/09/2012 (http://bit.ly/Rzr9HM)

martes, 4 de septiembre de 2012

Levedad/Densidad


 

Tanto lío por el tantalio. Y sí. Sucede que esta última semana hemos asistido a un nuevo episodio del chenko discursivo del cual hemos sido espectadores/actores todos y todas (en mayor y menor medida) últimamente. Ya lo había advertido anteriormente, cuando hablaba de lo que dicen los silencios callando. Valga, entonces, afirmar que también el ruido deviene silencio y ello, claro, también dice mucho.

En medio del litigio gubernamental-mediático por el radiactivo y reciente affaire del supuesto uranio (en realidad mineral) encontrado en la zona de Sopocachi de la ciudad de La Paz, cabe preguntarnos ¿quién y cómo se garantiza la amplia gama de derechos comunicacionales establecidos constitucionalmente en el país?


Sobre todo si quienes con sus acciones hacen Estado, atentan –discursos apresurados e irresponsables de por medio- contra los mismos, generando un ámbito de incertidumbre, desinformación y conjeturas en los ámbitos local, nacional e internacional, que –lógico- los medios se apresuran a reproducir.

¿Quién y cómo los garantiza? Cuando los medios de comunicación campean impunidad-irresponsabilidad por la publicación/difusión de desinformaciones o tergiversaciones en su devenir histórico. O, peor aun, cuando en la inexistencia de ellas son cuestionadas/procesadas por el poder político, como ocurre actualmente.

O, mejor, quién y cómo protege nuestros derechos comunicacionales de nosotros/as mismos/as cuando al solo rumor de una información no dudamos en creernos especialistas en cualquier materia para convertirnos en ocasionales opinólogos/as o, más allá, emitimos juicios de valor sobre hechos o personas sin tener siquiera un poco de información sobre ellos o ellas. Todo esto amplificado hoy por las nuevas tecnologías de información y comunicación, concretamente las redes sociales.

Ah, nuestros derechos comunicacionales, librados a su suerte en el espacio público nuestro de cada día. En manos y responsabilidad nuestra. Sin censuras y sin medidas. Con las palabras de todos y todas, con los excesos de todos y todas. Impidiendo el silencio reflexivo de la sensatez y apelando/alimentando el ruido de la irresponsabilidad.

Estallido de signos. Explosión semiótica. Se dice tanto de nada. Ruido y más ruido. El espacio público está tan lleno de desechos semióticos que la levedad de los discursos deviene en silencio. Ergo, el espacio público pierde densidad. Y la constitución de lo político se imposibilita. No se camina y (peor aun) se desanda lo andado.

Jacques Rancierè afirma que las únicas victorias políticas posibles son aquellas en las que logra constituirse un sujeto político; y esta constitución está sujeta al uso de la palabra: a la densidad del discurso que va materializando realidades (y también viceversa). Construcción del Estado Plurinacional de por medio, toca preguntarnos/preocuparnos al pensar que el (ab)uso de la palabra deviene no sólo en un desgaste de discurso sino en un proceso de desubjetivación de los sujetos históricos que nos marcan el horizonte en este proceso histórico-constructivo.


El silencio de las ideas y de los medios para su difusión (aquella noche dictatorial que vivimos) se sabe, no es bueno para ninguna democracia. Pero tampoco lo es el ruido de juicios, acusaciones y desinformación en el que nos encontramos. Ya lo sentenciaba Joaquín Sabina: “ruido mentiroso / ruido entrometido / ruido escandaloso / silencioso ruido”.

Hasta acá llego por razones de espacio. Que no se piense que es flojera porque ciertamente no me considero una persona floja para las letras. Aunque a esta altura, lo dijo el Aprendiz de Brujo y lo ejerce el Gobierno, “no es lo mismo pero es igual”. ____________________________________________________________________

Publicado originalmente en el Suplemento IDEAS de Página Siete, el domingo 2 de septiembre de 2012, pueden leerla en el siguiente link: http://bit.ly/Ti7ZoJ

lunes, 20 de agosto de 2012

(Re)presentaciones Censales

Son varios los debates de tipo teórico–técnico–político acerca de la pertinencia de la inclusión de la categoría de autoidentificación (cultural dicen algunos, racial los otros) en la boleta censal.

Varias también han sido las propuestas de que este indicador sea reglamentado como un instrumento para la “generación de normativa y políticas públicas”; pero, a saber, tampoco se ha profundizado más en este asunto. Y es que, sin ir muy lejos, lo que en el fondo se está polemizando es un asunto de representación en el plano simbólico.

En términos epistemológicos, representar significa “presentar de nuevo”; estamos hablando de una función en la que se hace presente algo o alguien que no estaba presente y ahora sí lo está.

Ya en el plano teórico, la representación -según autores como Manin, Sartori y Del Rey Morató- se presenta de tres formas: a) como mandato o delegación, b) como semejanza o similitud y c) como responsabilidad. Todo el debate que estamos presenciando se encontraría en la opción b.

¿Y la representación como mandato y delegación? No podemos pues olvidar en el debate censal que es la Ley de Régimen Electoral la que precisamente recoge este principio y que, además, está sujeta a una nueva redistribución de escaños (uninominales y de circunscripciones especiales) en base a un nuevo censo poblacional (artículo 56, párrafo II y artículo 57, párrafo III).

Una de las opciones que ha tomado fuerza los últimos días en torno a esta temática ha sido la de trasladar la consigna “Todos somos TIPNIS” a la práctica, lo que consistiría en que todos/as aquellos/as que se consideren mestizos/as se “autoidentifiquen” como yuracaré, moxeño, tsimán u otro pueblo indígena originario campesino que habite en el TIPNIS.

En términos reales, de lo que estaríamos hablando sería de una postura política (relacionada con un ámbito étnico-cultural) muy parecida a la consigna “nulo” por la que votó una mayoría nacional en las pasadas elecciones judiciales de 2011.

Y si esta campaña llegara a tener éxito -a pesar de la dispersión de opciones que se presentan-, esto tendría un efecto aún imprevisto en la nueva distribución de escaños especiales indígenas; esto partiendo del hecho de que se establecen a partir del principio de representatividad de las minorías; es decir, su objetivo consiste en garantizar escaños para minorías indígenas dentro de cada departamento.

Si, hipotéticamente, “infláramos” este dato a favor (o en desmedro, como resultado final) de uno u otro pueblo indígena originario, no solamente estaríamos distorsionando un dato de la realidad sino que -se pueden hacer varios ejercicios al respecto- podríamos incluso reducir la posibilidad de acceso al curul especial indígena de algunos pueblos indígena originario campesinos en determinados departamentos, si es que se llegaran a constituir en mayorías en espacios rurales. Todas son posibilidades, hipotéticas. Pero todas deben (pre)ocuparnos.

¿Hay (sub)representaciones? ¿simbólicas? ¿de mandato? Ése es un tema para la discusión. Lo que sí es seguro es que aquellos que se identificarían como indígenas en la boleta censal, en noviembre, con las opciones establecidas actualmente tienen siete representantes nacionales. El resto, nosotros mestizos/as-bolivianos/as, tenemos 123. Es un dato para pensar.

La idea es que, lejos de trasladar la cuestión del censo 2012 a un campo politizado, tratemos de pensarla como herramienta que, desde ya, varias leyes y todas las políticas públicas requieren realmente para adecuarse a las necesidades actuales del Estado Plurinacional.

Es difícil, seguro; pero necesario. También es urgente medir las consecuencias de nuestros discursos/posiciones. ¿O estaremos realmente cerca de “politizar la sensatez” (Andreu Vaca, dixit)? Voy a creer, por ahora, que ella está aún en nuestras manos y no de la política. 
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Nota publicada originalmente en el Suplemento IDEAS de Página Siete, el pasado domingo 19 de agosto de 2012, puede ver la publicación original en el siguiente link: http://bit.ly/NcNzhe

jueves, 26 de julio de 2012

Ofrenda

En 1999 Pedro Guerra estuvo en Oaxaca, justamente un 2 de noviembre: era día de muertos. Y fue ahí, en ese momento, donde nació la idea de hacer “Ofrenda”. En sus palabras “una ofrenda para regresar lo que se ha ido. Un altar en donde poner lo que ya no está para que vuelva lo que se fue.” Va este recuerdo -en clave de ofrenda- para recuperar el tiempo que fue y que hace eco hoy para manifestar que existió. 8 de julio de 2001 en Alcalá de Guadaira, España. Para irme a Alcalá, ese julio, había conseguido que otra boliviana, un español y un sueco acompañaran cómplicemente este mi arrebato. Ciertamente lo hicieron con más preocupación que empeño, pues el castillo de Alcalá estaba a dos horas de Sevilla y si bien existía alguna posibilidad de ir en transporte público, la última posibilidad de retornar se esfumaba a la medianoche y el concierto de Pedro Guerra estaba programado para las 21 horas; lo cual no era ninguna garantía para algún retorno seguro y, ciertamente, en los alrededores del castillo no había absolutamente nada.

Escoltada como buena extranjera de 19 años, con mi irresponsabilidad y mi firme decisión de ver a Pedro en las espaldas, nos embarcamos a Alcalá en coche. Llegamos justo a tiempo para el inicio del concierto y a pesar de que el lleno era total no debimos ser más de 300 personas en el castillo. Aún así no creo que ninguna de esas 300 almas se haya sentido ubicada lejos de Pedro, pues yo tengo la imagen clara de sus pies y las luces azules que iluminaban su banda en un registro cercano, a pesar de no haberme encontrado en primera fila: esa latente sensación de cercanía. Pedro estaba vestido todo de blanco, aún traía el pelo largo y amarrado, estaba descalzo en el escenario. Y, sin palabra previa, iniciaría el concierto con “Babel”, para luego contar la historia de Oaxaca y presentarnos “Ofrenda” a través de un juego de luces que evocaban colores mexicanos. “Miedo” (esa canción que en el disco la comparte con el gran Lenine), “Extranjeros” y “Herminia” vendrían luego con el impulso de la banda que lo acompañaba y con Pedro sólo a la voz, cantando por todo el escenario. Éstas canciones cerrarían esta primera parte en la que Pedro paseaba cantando/contando cada una de sus canciones: cada canción con su historia. Cada historia con su recuerdo. Cada recuerdo con su almita.

(En el concierto en el castillo, estaba cantando "Deseo")

Recuerdo haber pensado en ese momento y los días posteriores, lo difícil que sería pensar en traerlo a Bolivia, sobre todo en esa gira, donde gran parte del espectáculo reposaba en la banda. En medio de tales pensamientos, Pedro completaría el concierto solo/sólo con su guitarra, entonando “El aire en que no estás”, “El encantador de serpientes”, “Papá cantó” y “El reencuentro de Viola y el Barón”. No hubo siquiera la necesidad de pedirle clásicos como “El Marido de la Peluquera”, “Dibujos Animados”, “Todo es Desorden”, “Daniela”, “Bebes del Río” y varias más que, en una generosa ofrenda, Pedro nos fue entregando con mucha paciencia y templanza. No hubo ruegos, no hubo decepciones, no hubo ausencias, ni hubo nostalgias. Cerraría el concierto, retomando la banda, con “Dirán” y “Dragones Verdes”. Y el círculo completaría perfectamente su trazo. Quedando esa sensación tatuada: estuvieron todas, no faltó ninguna.

Emprendimos retorno a Sevilla, en la despoblada carretera viajaba a nuestro lado su autobús con él y la banda dentro. Nos adelantaban, les adelantábamos, todo en plena coreografía carretera, hasta que en la entrada a Sevilla los perdimos. Nosotros fuimos a tomar una cerveza en casa y a dormir. Todo y tanto, era demasiado para caber en una noche, en una historia.

Al día siguiente me levanté temprano para irme directo al AVE (tren de alta velocidad) para retornar pronto a Madrid y de ahí a Bolivia. Y a pesar de que el tren tiene alrededor de 20 vagones con 60 espacios cada uno. Yo llegaría al vagón 7 - asiento 13. Y Pedro Guerra al vagón 7 - asiento 16. Cuando llegamos a Sevilla, me acerqué a interrumpirlo a la salida del tren, para decirle que lo había visto la noche anterior en Alcalá y que venía desde Bolivia, donde ya lo estábamos esperando. Él, de pocas palabras como es, me respondió que tenía “muchas ganas de estar en Bolivia” y que esperaba que sea pronto. Quizás es por ello que en una entrevista, hace días, recuerda que “cantar en Bolivia será cumplir un sueño".

Yo no sé exactamente que nos espera en los conciertos programados para estas dos fechas en La Paz, pues han pasado ya 11 años. De lo que sí estoy segura es que nos esperan no sólo dos recitales de canciones, sino además un par de exquisitas sesiones de historias. Y de que no sólo nos espera “El Mono Espabilado”, sino un recorrido por todo lo que Pedro, el artista y el humano, fue y es.

Lo sé porque estuve en uno de esos conciertos donde él derrocha genialidad y generosidad. Y lo sé, además, porque Pedro tiene ganas de visitar Bolivia hace más de una década: me lo dijo en un tren, el 2001. 

En la estación del AVE. Llegando a Madrid.
(Esta crónica salió publicada originalmente en el suplemento IDEAS de Página Siete, del pasado domingo 15 de julio de 2012. La reproduzco ahora que Pedro Guerra está en suelo boliviano.)

martes, 24 de julio de 2012

Perderse y Olvidarse





Actitudes. Este último mes hemos visto cómo nuestro comportamiento social-político se ha ido transformando -capítulo a capítulo- de activo a reactivo. Hace semanas los demócratas, en su minoría, hicieron brillar sus silencios en el motín policial cuando -sin intento de golpe de Estado de por medio- el país corría un riesgo real de ruptura del orden social y estatal.

También hemos presenciado cómo una revista “periodística” de otro país cambió -sin matices- nuestro nombre de Estado Plurinacional de Bolivia a “República de la cocaína”, mientras los medios de comunicación y los opositores, en su mayoría, hicieron brillar sus voces en la reproducción de dicho sobrenombre y su respectiva acusación, validándola e, incluso, precisándola al señalar que no se trataba de una “República de la cocaína”, sino de un “Estado Plurinacional de la cocaína”. Triste.

Generaciones. El otro día me confesó una joven amiga que estaba dispuesta a defender la anarquía al encontrarse desesperanzada con los resultados del modelo democrático. Al día siguiente otro joven amigo me comentó que se había empachado de una situación particular en su trabajo en la construcción del Estado y que, además, se iba hastiando, de a poco, del país. Tristísimo.

Y es que producto del incremento de los niveles de conflictividad, del descenso de la popularidad del Gobierno y del descontento popular ante la situación en general; recurrentemente nos preguntamos y analizamos sobre qué ocurre con nuestra política y nuestra democracia, pero pocas veces sobre qué nos ocurre como personas y como sociedad.

¿Cuáles son las dimensiones y cuáles los valores que tenemos para diferenciar lo importante de lo urgente? ¿Qué hace a nuestros temas propios y qué a los temas que nos hacen como país?

Y no me refiero al histórico-filosófico debate sobre lo público y privado, sino a la habitual cotidianidad, donde jugamos a quemarnos con la vida diariamente en el fuego de la práctica de nuestros principios y creencias. Todo es un vaivén; hacernos en lo privado es una forma de hacernos en comunidad, y también viceversa.

Perderse es complicado, pero olvidarse es grave y, ocasionalmente, hasta peligroso. Tiendo a creer que mientras más jóvenes estamos nos encontramos más cerca de saber/recordar quiénes somos.

¿Cómo será entonces que una persona o sociedad se reencuentra/reconoce? ¿Estaremos, acaso, empezando a perdernos? Ángel González se desconocía rezando: “Yo mismo me encontré frente a mí en una encrucijada. Vi en mi rostro una obstinada expresión, y dureza en los ojos, como un hombre decidido a cualquier cosa”.

Sucede pues que el desgaste político-social nos cambia, nos pone dureza en los ojos, nos empuja a cualquier cosa; ocasionalmente hasta nos pone al frente de donde siempre estuvimos, o en cualquier parte: nos extravía.

Es el camino hacia lo que se conoce como anomia social, que yo prefiero entender como un extravío personal y colectivo.

Pero sucede también que en la vida hay mapas y espejos. Para reconocerse-reconocernos, para reencontrarse-reencontrarnos. Cuando las personas y las sociedades nos hemos extraviado por dentro y es nuestro enemigo interno, rabioso y mezquino, el que habla por nosotros.

En mis mapas y espejos personales recuerdo que la clave con la que empecé y empezamos muchos este proceso político el 2000, fue el género-generación como brújula.

Y en un ejercicio egoísta y solidario al mismo tiempo, voy amasando las memorias personales y colectivas y escribo todo esto solamente para recordarlo, para recordarnos; para recordarme.

No sólo porque sigo pensando que nosotros, los jóvenes y nosotras, las mujeres, podemos aportar con nuestros mapas y espejos a lo que nos está pasando como sociedad. Sino porque pienso que nos toca hacerlo. Y recordarlo.

(Publicado originalmente en el suplemento IDEAS de Página Siete, el pasado domingo 22 de julio de 2012)

lunes, 9 de julio de 2012

Las palabras y las cosas


Las palabras son poderosas, las palabras, en política, son imprescindibles. Y la administración de la palabra en el poder es vital para darle densidad a lo que viene en un paso siguiente: lo político, la política. A veces las palabras se inflacionan, otras tantas entran en déficit. A veces enuncian, otras ocultan. No se dice pues, en vano, que las palabras dicen incluso cuando callan. 


En las últimas semanas hemos sido testigos de la presencia/ausencia de una combinación de palabras que en su propia dinámica de vaivén ha acusado una de las anomalías en la que, al parecer hace rato ya, ha ingresado la política nuestra de cada día: el estallido simbólico, la explosión semiótica. Ese lugar en la política donde se dice tanto que ya no se dice nada. O, en su caso se dice nada, que dice tanto.

Golpe de Estado. Sí, esa combinación que con tanto empeño el gobierno repitió y la oposición calló en medio del motín policial más exitoso que hemos presenciado en nuestra historia republicana-estatal. La pregunta que ronda el discurso pasado es, entonces, ¿hubo o no hubo un intento de golpe de Estado en Bolivia? La respuesta es, por supuesto, que no. Pero la contundencia de la afirmación no nos permite separar algunas variables que estuvieron presentes y ausentes en este tobogán discursivo, pues ciertamente se trató de una situación de riesgo estatal que ganó y perdió densidad discursiva en su trama y desenlace.

Por un lado el gobierno se encargó de construir una superestructura discursiva, con la que sobredimensionó una sucesión de hechos que si bien amenazaban la estabilidad del Estado, distaban mucho de la justa demanda del sector policial que finalmente -actos vandálicos e intentos de romper el orden democrático de por medio- terminaron por ubicar frente a frente (con una buena distancia) el conflicto policial y el discurso gubernamental.

Por el otro, la oposición política en su generalidad se encargó de construir una silenciosa estructura de mutismo, con la que lograron minimizar la más álgida protesta vista en décadas de uno de los sectores estatales ¡armados! de nuestro país. Entre ambas trincheras discursivas, polarizadas, sordas (cuando no mudas) y absolutamente deslegitimadas ante la ciudadanía (que nunca creyó ni que fuera algo poco grave, ni que fuera el principio del caos) quedó huérfano el hecho: el sector policial a nivel nacional se amotinó, se declaró en huelga, tomó la Plaza Murillo y, en sus particularidades, transportó armas, saqueó instituciones públicas y quemó documentación que comprometía a su sector.

Y es que ese es el peligro de las palabras cuando se vuelven sordas, que al mismo tiempo se quedan mudas y, los hechos, los actos se quedan huérfanos de ellas. Es ahí donde se pierde la oportunidad para lo político. Ya lo decía Galeano en su ventana sobre las Tradiciones: “La palabra y el acto no se habían encontrado nunca. Cuando la palabra decía sí, el acto hacía no. Cuando la palabra decía no, el acto hacía sí. Cuando la palabra decía más o menos, el acto hacía menos o más. Un día, la palabra y el acto se cruzaron en la calle. Como no se conocían, no se reconocieron. Como no se reconocieron, no se saludaron.”

No vaya a ser que estemos llegando al momento-límite en que quedan los actos y haya sequía de palabras para nombrarlos. Quién sabe, en el fondo la política nuestra de cada día -tanto de oficialismo como de oposición- realmente necesita un golpe. De administración de discurso, probablemente. De suerte, quizás. De timón: mucho mejor.

miércoles, 27 de junio de 2012

Aristas de una Sentencia Constitucional




Esta nota salió publicada en IDEAS de Página Siete, el pasado domingo. El tema de la sentencia constitucional pasó desapercibido producto de la coyuntura en torno al Motín Policial. Hoy, tras la llegada de los hermanos y hermanas del TIPNIS veo necesario recuperarla.
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Aristas. Por el tema que ocupa y el momento en el que se emite la Sentencia Constitucional 300 sobre la constitucionalidad de la Ley 180 y la Ley 222, esta presenta varias aristas en las que es importante escudriñar, así sea en una primera mirada panorámica.

La arista seguro más inmediata y mediática, es la jurídica, donde ya se ha señalado la “inocuidad jurídica” o la “interpelación de recursos interpretativos”. Eso, está claro, es cuestión de juristas. Y ahí, en su cancha, deberá encontrar debate.

La segunda arista, de la que también se habla, es la política pues aunque muchas veces se trató de descalificar la marcha por el TIPNIS o las posiciones del gobierno calificándolas, precisamente de políticas, es cierto que este fenómeno social no dejó de estar nunca en este escenario pues, como se sabe y ya se ha dicho, no se encuentra en juego solamente la protección del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure; sino que en el hecho de la construcción de la carretera y, ahora, de la aplicación del mecanismo de la Consulta Previa, lo que en realidad nos estamos jugando es la materialización (normativa y procedimental) de la democracia intercultural y del Estado Plurinacional. Y en el aspecto político huelga decir que la Sentencia Constitucional a la que nos referimos ha sido quizás el único hecho (además de la impresentable represión en Chaparina) que ha permitido reconfigurar el escenario en el cual se juegan los intereses de los pueblos indígenas del TIPNIS y sus aliados y del gobierno y los suyos. Lo reconfigura pues establece una clara posición constitucional que debilita el dispositivo discursivo sobre el cual se generó la mayor oposición a la puesta en vigencia de la Ley 222: el carácter previo de la consulta; con el siguiente argumento establecido en los fundamentos jurídicos del fallo:

"Sin embargo, se debe aclarar que, cuando se subsana la omisión inicial y, por ejemplo se lleva adelante la consulta, o se emite una ley disponiendo se efectúe la misma en cumplimiento de la Constitución y las normas internacionales sobre derechos humanos, dicha norma no puede ser considerada inconstitucional o contraria al bloque de constitucionalidad, pues si bien no es previa y, por lo mismo, existió -como se tiene dicho- una lesión a los derechos de los pueblos indígenas; empero, con esa norma se está dando efectividad a un derecho colectivo -aunque sea tardíamente“.

La tercera arista, más mediata, es precisamente la democrática que encontrará un lugar para ubicar a la mencionada Sentencia Constitucional en el marco de la construcción de la democracia intercultural, sobre todo cuando obliga al Estado a consensuar “el contenido y los procesos” que se desarrollarán en la Consulta Previa hasta una fecha determinada condicionando a este principio democrático (el consenso) la validez jurídica (constitucionalidad) de la Ley 222. La arista viene con conciencia de que la Ley 222 contemplaba este mecanismo pero que, no obstante, el fallo lo refuerza anteponiendo y reforzando el cumplimiento de este principio democrático a la vigencia/validez de un determinado objeto jurídico; ello es jurisprudencia/hecho que establece una nueva forma de diálogo entre la democracia y el Estado de Derecho.

Y, finalmente la arista histórica que ubica la Sentencia Constitucional 300 como piedra fundamental en la historia de la construcción de un nuevo Tribunal Constitucional Plurinacional cuyo principal reto consiste en plegarse, en discurso y acción, a la construcción de un nuevo paradigma de justicia en el marco de la plurinacionalidad del Estado.

Y sobre esta arista -la más importante- solamente el tiempo, a través de la fortaleza (o debilidad) del Estado Plurinacional constituido, nos traerá noticias.

Vacas Sagradas

Vacas Sagradas

Sarelisa, las almas gemelas. Los cuentos compartidos. Ellas. Nosotras.

Arcángel

Arcángel

Habrá palabras para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

Ángel González

Histérica

Histérica

Los 4 siglos que duró la inquisición fueron llevadas a la hoguera 8 millones de personas, la mayoría mujeres. Lo que da un total de 55 personas ejecutadas diariamente durante sólo 400 años. Si la inquisición me hubiera juzgado sería por hereje, apóstata, materialista, libertina, sediciosa, cismática, blasfema, presbilesbiana, testícula de Jehová, antiperonista, rebelde, pertinaz, contumaz y puta.

Liliana Felipe

Memoria Vigilante

Memoria Vigilante

Y los ratones hicieron una alianza y la serpiente de cascabel le puso el cascabel al gato.

Jairo Aníbal Niño