Al caer la noche
del 25 de septiembre de 2011, la red PAT mostraba las primeras imágenes
de lo que sería, sin duda, la más brutal represión a un sector (nada
menos que indígena) movilizado en la localidad de Chaparina.
La población que, siendo domingo por la noche, estaba
mayoritariamente en casa compartiendo con la familia, quedaría impávida
al presenciar los actos de brutalidad que -con cinta masking- se
adhirieron a nuestra memoria colectivo-histórica ese domingo.
El conflicto por la carretera por el TIPNIS cargaba ya demasiadas
contradicciones e incoherencias encima, pero de ninguna manera había
alcanzado los niveles de irracionalidad y fuerza bruta que alcanzó esa
tarde.
Antes de que el lunes cayera y después de cenar indignación, atiné a
hacer dos llamadas, la primera a mi faro-guía y la segunda a un hermano
de trinchera; ambos coincidían en que el fondo había sido tocado y que
el daño hecho al proceso de cambio era irreversible.
Insomnio de por medio, al terminar esa misma noche del 25 ya
sabíamos, sin coordinarlo, qué se debía hacer. No pensábamos hacer daño
al Gobierno ni bulla mediática, la idea era dar una fuerte señal hacia
adentro sin renunciar al proceso de cambio, sino por el contrario
buscando ser consecuentes con él.
Y la dimos el 26 de septiembre, cuando decidimos dar un paso al
costado. Durante un año entendimos que, lastimosamente, sólo eso fue lo
que logramos: dar una señal, en ese momento.

Esta maravillosa y entrañable ilustración la hizo Abecor.
Ángel González, ese entrañable poeta español de la generación del 40, señala en sus Glosas a Heráclito
que “Nada es lo mismo, nada permanece./ Menos la historia y la morcilla
de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten”.
Y es que aquella triste costumbre de recordar anualmente nuestras
fechas tristes con el sempiterno saldo negativo sobre la impunidad, y
en batalla constante, desde la sociedad, por el no olvido de ciertos
hechos históricos se nos ha vuelto una triste costumbre colectiva en el
país, cuando no en Latinoamérica, cuando no en el mundo.
Al caer la noche del 25 de septiembre de 2012, la mayoría de los
medios de comunicación del país mostraba las imágenes de la entrega de
casas del Programa de Vivienda Social del Gobierno por parte de la
Presidenta en ejercicio, Gabriela Montaño, en el Plan 3.000; lugar que
-como señaló un periodista en Twitter- “hace sólo cuatro años era una
de sus trincheras de resistencia”.
Sueño(s) de por medio, al terminar esa misma noche del 25 varios de
nosotros ya vislumbrábamos caminos hacia adelante: opciones.
Antes de que el miércoles cayera y después de cenar esperanza atiné a
chatear con una compañera y un compañero de trinchera con quienes
comentamos el saludable y gran aporte simbólico que significaba el
interinato de Montaño en la Presidencia del Estado Plurinacional, el
aire que ello le daba a un ambiente sociopolítico mayoritariamente
decepcionado en sus estructuras más profundas, a una sociedad
desengañada.
Ciertamente se trata de dos contextos y momentos distintos. Dos
coyunturas que no se relacionan ni afectan siquiera indirectamente. Pero
ocurren en un mismo día, en un mismo espacio llamado Bolivia.
Y es que si bien la acumulación histórica es parte del deber de la
memoria, la oportunidad a lo soñado y no renunciado también lo es. No
por casualidad, señalaba el mismo González que “No es bueno repetir lo
que está dicho./ Nada es lo mismo. / Habrá palabras nuevas para la nueva
historia / y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”.
Quizás las nuevas palabras se encuentran en la noche más triste del
proceso de cambio, leída desde una de sus semanas más esperanzadoras.
Quizás, quién sabe.
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Esta nota fue publicada originalmente en el suplemento IDEAS del
periódico Página Siete, el pasado domingo 30 de septiembre de 2012. En
este link pueden acceder a la publicación original: http://bit.ly/SewDIN







