Ciertamente ha
sido una mitad de año agitada para los medios y el poder. En agosto, el
juicio que se inició a tres medios de prensa desde el Ministerio de la
Presidencia por una supuesta distorsión a las declaraciones del
presidente Morales. En octubre, las acusaciones del Vicepresidente hacia
Página Siete por una supuesta distorsión en una declaración que él
emitió sobre una figura jurídica en un futuro Código Penal. En
noviembre, el deplorable atentado criminal perpetrado contra el
periodista Fernando Vidal y la locutora Karen Delgado de radio Popular
de Yacuiba, cuando estos fueron quemados en plena transmisión de uno de
sus programas informativos.
Así, esta segunda mitad de año, de forma visible, el gobierno ha
dedicado sendas acusaciones por parte de algunas de sus máximas
autoridades hacia algunos medios de comunicación en general y algunos
titulares o informaciones en particular. Pues no pasaron desapercibidos
varios capítulos que relacionan el poder, la política y la información
que adquieren un renovado protagonismo en la agenda política-coyuntural.
Tampoco es secreto -lo sabemos- que a los y las periodistas y/o
comunicadores nos encanta hablar de nosotros/as mismos/as; como pocos
gremios se puede decir, de nosotros/as, que obramos mirándonos a
nosotros mismos. Y ello, claro, no es garantía de absolutamente nada,
pues pareciera que en su propia contradicción, mirarnos hacía dentro no
nos sirve para alimentar la tan saludable y necesaria autocrítica.

La ilustración, como siempre, es del gran Abecor.
Que la relación entre democracia y medios de comunicación es
histórica y sistémica, no es una novedad; esta se ha vivido bajo
diversas formas, con distintas prácticas y diferentes dinámicas de
acuerdo a los diferentes momentos políticos que han tenido lugar en el
país, el continente y el mundo. Sin embargo, más allá de que esta
relación se haya, en medio de esta dinámica, descubierto, intensificado
(en clave de confrontación) o bien visibilizado mediáticamente; es
necesario que se retomen preguntas esenciales que hacen tanto al trabajo
político como al trabajo mediático.
Se supondría, idealmente, que el sistema político-democrático así
como el sistema mediático cumplen una función de representación; es
decir tienen ambos como una de sus misiones dar cuenta de la realidad,
tanto en los espacios políticos como en los medios de comunicación. Es
cuando menos curioso aunque no novedoso -precisamente por ello- que en
esta pugna que se ha generado entre algunos medios de comunicación y el
gobierno haya estado ausente un tercer actor (que también hace
sistemática e históricamente a la democracia) y nos estamos refiriendo a
la ciudadanía, cuyo rol se ha limitado al de espectadores/as que,
conflicto de por medio, conviven en un sistema que, cuando menos, se
queda con la sensación de ver tambalear su libertad de expresión y su
derecho a la comunicación y a la información, ambos por acción y omisión
de los medios de comunicación y, sobre todo, del Estado.
Galeano retrata en una de sus ventanas en el libro de los abrazos lo siguiente: “Me
lo contó Rosa María Mateo, una de las figuras más populares de la
televisión española. Una mujer le había escrito una carta, desde algún
pueblito perdido, pidiéndole que por favor le dijera la verdad: -Cuando
yo la miro ¿usted me mira?. Rosa María me lo contó, y me dijo que no
sabía qué contestar". Dicha interpelación tendrá alguna respuesta,
por nuestra parte, cuando desde ambos flancos dejemos de pensar en clave
de “ellos, nosotros, ustedes” y pensemos en un único cuerpo
político-mediático histórico, sistémico y democráticamente
intercultural, donde quepamos todos: también los y las ciudadanas.
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La nota fue publicada originalmente en el suplemento IDEAS del
periódico Página Siete, el pasado 11 de noviembre de 2012, se puede ver
el enlace original en este link: http://bit.ly/W6fxJR









