Por las razones que fuera, se dice y se usa mucho al fin de año como pretexto para cambios y renovaciones.
En lo que a ellos refiere, cabe recordar que el denominado proceso de
cambio ha sido denostado por sus detractores/as bajo el argumento de
que no existen, precisamente, cambios. Aquellos y aquellas cuya labor
cotidiana es oponerse, llegan incluso a señalar que no sólo las cosas no
han cambiado sino que están aun peor.
Como yo lo veo y lo vivo, éste es un país más inclusivo que aquél en
el que yo nací. Éste es un país con mayor reconocimiento de
diversidades que el que me recibió junto a la recuperación democrática.
El de hoy es un país donde las mujeres y los jóvenes, de manera
general, tenemos más oportunidades.
Un país que decide pensarse a sí mismo y que, con tropiezos y
contradicciones, apuesta por la descolonización como una forma de
liberación social. Un país donde las familias más desafortunadas
encuentran mayor amparo en el Estado.
Un país que, con bemoles, con errores, con intensidades, con
aciertos, con intentos, con oposiciones y con resistencias, cree e
intenta. Un país en movimiento: un país vibrante.
No obstante, hay un ámbito, y lo sabemos todos/as, donde
efectivamente las cosas no sólo no han cambiado, o peor no sólo se han
detenido, sino que –efectivamente- han empeorado y se están hundiendo
inminentemente en un camino catastrófico.
Insistiré en la idea de que la red de extorsión no es más que una
definitiva alarma (una deslumbrante luz roja) que debe alertarnos a
todos y todas respecto al rumbo que ha tomado la (in)justicia nuestra de
cada día y que puede coadyuvarnos a buscar/encontrar en este recorrido
(que recién se inicia) las claves sobre las cuales debemos reconstruir
una verdadera justicia del cambio.
Una justa justicia para todos y todas. Una justicia para, realmente, Vivir Bien.
Parte de la honestidad política que se requiere para encontrar las
claves para la construcción de una nueva justicia pasa por el
reconocimiento de que la extorsión no es, de ninguna forma, una
invención del Gobierno de turno sino una práctica arraigada en nuestra
cultura judicial nacional; pero cuyo escenario de posibilidad ha sido
-eso sí- alentado por otras prácticas que nuestro aparato gubernamental
ha puesto en marcha.

Con ello, concretamente, estamos hablando de una política judicial
que, en el camino de buscar efectividad en resultados judiciales para
el Estado, ha abierto las grietas suficientes para que el pillaje, así
como los y las revanchistas políticos puedan sacar provecho con fines
personales que no hacen, de ninguna manera, a los fines colectivos del
Gobierno y del Estado. Y, por el contrario, deslegitiman un proyecto
histórico, con profundas bases sociales.
Parte de la honestidad histórica que también requerimos, para
recorrer este trecho, debe procurar romper el prejuicio de que todo lo
que precede a este tiempo político no sirve, es erróneo y debe ser
desechado.
Pues si bien la larga noche neoliberal no supo entender nuestro país
profundo, sí hubo personas e instituciones que ocasionalmente
estuvieron más cerca que nuestro Gobierno de realmente apostar por una
justicia del cambio. De hecho, una de esas personas incluso gobernó
nuestro país.
Si las fechas sirven para promover cambios. Les conmino a creer en
que el mejor cambio es hacia la honestidad. De lo contrario lo que nos
queda es seguir describiendo la realidad de nuestra Bolivia, con las
contundentes palabras del poeta argentino Roberto Santoro, quien
sentencia que “cada vez que hay un problema / el juez levanta el
martillo / y el país se hunde / más adentro”.
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Esta columna fue publicada el pasado domingo 23 de diciembre en el suplemento IDEAS del periódico Página Siete, en el siguiente link original: http://bit.ly/V1PEM0







