La América Latina en la que yo nací ingresaba, en el marco de
sus propias dinámicas, a tiempos democráticos, tras una oscura época
dictatorial sembrada a lo largo de todo el continente.
Años
más, años menos, la tónica continental era la reconstrucción
democrática y la reconciliación sociopolítica al interior de cada país.
Para
aquel entonces, las lecturas sobre la patria grande de Simón Bolívar y
San Martín, o de Nuestra América de José Martí, eran apropiadas sólo
para soñadores que buscábamos sedientos dar de beber a la utopía,
aquella que, bien enseña Galeano, nunca se alcanza, pues “para eso
sirve, para caminar”.
Fue entonces el Consenso de
Washington, la matriz ideológica, política y económica que desde el
norte cambió la agenda continental, que convidaba a los estados de
flamantes democracias reconquistadas a mirarse el ombligo y servir al
mercado.
Eran tiempos de mirar la utopía de Martí, San Martín y Bolívar con mayor lejanía y menor claridad.
He
oído y leído a muchos preguntar ¿qué tanto hizo Hugo Chávez que el
mundo entero giró durante una semana en torno a su partida física?, y
aunque se ha dicho de todo al respecto, la mejor respuesta la he
encontrado en las palabras de Luis Toledo Sande, quien enfáticamente
señala que: “Cuando la historia parecía detenida y algunos teóricos de
la política desconfiaban de la viabilidad del socialismo, en aquellos
días del fin de la historia, de Francis Fukuyama, y terceras vías, de
Anthony Blair, de rendiciones en el ideal del socialismo ‘real’
soviético y de Europa del Este (') una voz solitaria, desde una isla en
el Caribe, insistía en que el socialismo sí era posible en aquella
coyuntura de desarraigo de las ideas de izquierda y progresistas (').
Cuando el campo socialista se derrumbó y la URSS se desintegró, el
imperialismo, con el puñal afilado de su bloqueo, se proponía ahogar en
sangre a la Revolución Cubana; Venezuela, un país relativamente pequeño
de la dividida América, fue capaz de impedirlo”.

También he encontrado una respuesta precisa en las palabras de Boaventura de Sousa, quien sobre él resaltaba que “fue un artífice incansable de la integración del subcontinente latinoamericano. No se trató de un cálculo mezquino de supervivencia o hegemonía, Chávez creía como nadie en la idea de la patria grande de Simón Bolívar. Las diferencias políticas sustantivas entre los países de la región eran vistas por él como discusiones dentro de una gran familia. Cuando tuvo la oportunidad, procuró restaurar los lazos con el miembro de la familia más reticente y más pro estadounidense, Colombia. Procuró que las relaciones entre los países latinoamericanos fueran mucho más allá de los intercambios comerciales y que éstos se pautasen por una lógica de complementariedad y reciprocidad, y no por una lógica capitalista. Su solidaridad con Cuba es bien conocida, pero fue igualmente decisiva con Argentina durante la crisis de 2001-2002 y con los pequeños países del Caribe”.
Esto a nivel histórico solidario y continental.
Silvio Rodríguez, en su Preludio de Girón, ha sintetizado quizás de la mejor forma, hace ya muchos años, cómo es que se siembran aquellos que no mueren; cuando canta “con patria se ha dibujado el nombre del alma de los hombres que no van a morir”.
Y cuando me refiero a la patria, hablo de la grande. Yo ya no necesito explicar lo que es la patria grande en este espacio; después del paso de Chávez por la historia, usted está viviendo en ella.
Esta nota fue publicada originalmente en el suplemento IDEAS del periódico de circulación nacional Página Siete, el pasado domingo 17 de marzo. Pueden ver el link original a la nota, en este enlace: http://bit.ly/109rEep






